Firmas

Carta a los Reyes Magos

(Silverio Victoria) Queridos Reyes Magos: Creo que así empezaba la carta que cada uno de los que tienen más o menos mi misma edad, le mandábamos, cuando niños, a los Reyes de Oriente algún tiempo antes de aquel mágico 6 de enero. ¿Os acordáis? ¿Recordáis cuántas cosas les pedíamos? En aquella época la ilusión residía en creer, y la fantasía habitaba en desear. Y “sabíamos”, porque así lo saben los niños, que todo era gratis. E incluso nos permitíamos enfadarnos si los reyes no traían aquello que les solicitábamos…

Pero cuando se cumplen años la percepción de gratuidad se desvanece cual azucarillo en agua, la realidad se instaura, la inocencia se pierde y aflora un pensamiento llamativo en la mente del tipo “qué tontos éramos”. Y éramos tontos porque pedíamos cosas materiales que no eran más que objetos que tenían un precio pero carentes de valor.

No digo que siendo niños uno errara en las peticiones, pero sí estoy convencido de que con la mirada adulta, la infancia habría sido vista de otra manera. Y es que quizás ahora, los adultos que somos pediríamos otras cosas:

Ya no pediríamos juguetes, pero sí que no se nos fueran nunca las ganas de jugar.
Ya no pediríamos casas de muñecos ni castillos, sino una vida en la que pudiera existir una casa a la que pudiéramos llamar hogar.

Ahora ya no se pedirían muñecos, pero sí se solicitaría un hombro amigo sobre el que poder apoyarse y llorar.

Ya no se pedirían coches de juguetes, pero sí una ida y una vuelta a salvo en cualquier viaje que se emprendiese en el vehículo real.

No pediríamos dinero por miedo a que tenerlo en exceso corrompiera y astillase la vida que hemos construido.

Tampoco os pediríamos el mejor disfraz, pues ir por la vida sin caretas es la mejor forma de vivirla.

Ahora sí pediríamos un trabajo, cuando antes nos molestaba que nos trajérais libros, bolígrafos o cualquier cosa que estuviera relacionado con la escuela.

Hoy os pediríamos todo lo que teníamos cuando os pedíamos. Ojalá esta carta la pudiérais leer para que así pudiérais mandar una pizca de alegría de corazón, un instante de esperanza incondicional, un sorbo de alegría sin heridas, un poquito de inocencia, un momento de corazón blanco sin marcas, una luz que nos permitiera perdonar y perdonarnos, y una abundante, eterna y despreocupada idea de que lo bueno es permanente.

Si este 6 de enero, que sigue siendo tan mágico cómo entonces, tuviéramos siquiera 3 de estas peticiones, esas que nos llevara un instante a aquella infancia que tuvimos y no valoramos, estos adultos infantiles prometerían no molestar ni exigir nunca más.

Muchas gracias, Melchor. Muchas gracias, Gaspar. Muchas gracias, Baltasar.

Muchas gracias por tanta ilusión y por tantas esperanzas.

Atentamente.

Los adultos.

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