Firmas

Cínicos

Es una de las frases más celebradas y cacareadas entre los periodistas: los cínicos no sirven para este oficio. Lo afirmaba Ryszard Kapuściński, maestro de periodistas y uno de los mejores cronistas sobre África.

Kapuściński que había contado la guerra, sabía bien lo que decía.

En la facultad repetíamos esta frase como un mantra. Esta y aquella de “para ser buen periodista se necesita ser buena persona” y a todos, sin excepción, nos gusta pensar que somos buenos periodistas.

Sin embargo, con el título de licenciado debe de venir también cierta dosis de amnesia selectiva intermitente que nos permite recordar a Kapuściński según nos venga la información del día.

No creo que fuéramos un grupo de personas espectacularmente buenas aquel día en Valverde, prestando nuestros micrófonos, nuestro altavoz, a un mensaje cínico, corrompido. Cubríamos un juicio por asesinato, uno que había conmocionado al país.

Los periodistas congregados en la puerta de los juzgados esperábamos las declaraciones de alguien, cualquiera vinculado con el caso que nos diera unas migajas de información sobre el desarrollo de las declaraciones.

El único en hablar con nosotros fue el abogado defensor. No seré yo quien cuestione la presunción de inocencia de nadie, ni el trabajo de nadie: aquel hombre, al retorcer los datos en un juego de retórica cumplía con su trabajo.

Sin embargo yo, mientras sujetaba aquel micrófono, sentía que no cumplía con el mío. Yo le estaba fallando al oficio, le estaba fallando a los lectores y, sobre todo, me estaba fallando a mí misma. Poco había que preguntar: en su papel, aquel hombre no podía decirme la verdad.

Protegía un bien superior como es el derecho a la defensa de un acusado. Pero yo, una vez terminados los datos, la información sobre aquel día, debería haber retirado el micrófono, debería haberme dado la vuelta, y debería haberme marchado.

Sobre todo, no debería haber dado alas a los juegos retóricos, al mensaje distorsionado que una parte interesada quería ofrecer sobre unos hechos, especialmente cuando la otra parte prefería no hablar para no perjudicar el caso. Al trasladar las palabras de aquel abogado al gran público nosotros, los periodistas, estábamos creando un impacto en la opinión pública. Un peso, un sesgo.

Cuando se trata de informar sobre tribunales, especialmente en casos penales o con un gran impacto mediático, los periodistas estamos en una situación complicada. Si no estamos atentos, podemos ser un peón más en una más o menos burda estrategia de defensa.

No podemos cambiar los hechos ni la visión de un juez, claro, no tenemos tanto poder. Pero podemos sembrar dudas en la gente que nos lee, que nos ve o que nos escucha, dudas que, con el tiempo, minan la confianza en el sistema judicial.

Sí cuestionaré, porque ese sí es mi campo, las preguntas que le hicimos a aquel hombre. Preguntas orientadas al morbo, al amarillismo. En resumen, a la indigencia intelectual.

Quiero creer que más tarde, en la soledad de nuestras redacciones, al seleccionar la información que íbamos a trasladar al gran público, los periodistas obramos con la minuciosidad de un cirujano, que utilizamos con precisión nuestro bisturí para cercenar la malicia y ofrecer lo magro. Que actuamos con diligencia, que ejercimos con dignidad.

Que respetamos el título que tenemos colgado en la pared. Que honramos nuestro código deontólogico.

Quiero creerlo y lo creo, por eso no enciendo la televisión en horario de mañana.

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