Firmas

El almanaque

Está uno tan hecho a sus costumbres, o las costumbres están ya tan hechas a mí, que tan sólo cuando llega el momento de repartirlos entre mis amigos durante estos días últimos del año caigo en la cuenta de que este calendario que produzco casa año con la vinoteca “De Blanco a Tinto” de Gibraleón, no deja de ser un artefacto más del pasado siglo que de éste, una anacrónica reliquia de tiempos pasados que no volverán: aunque la ciencia y la técnica apunten a hacernos creer lo contrario, lo cierto es que el tiempo vuela más deprisa en los relojes y calendarios que incluyen nuestros móviles y otros artefactos electrónicos, que en los almanaques impresos con que nos hemos criado.

No sé si debido a esa perversa percepción del tiempo, incluso entre los amigos cercanos siempre hay algunos se dan baja de un año para otro: uno de los más dados a las nuevas tecnologías me dijo que este año ya no lo necesitaba, porque de ahora en adelante se apañaría con consultar el calendario de su móvil, a pesar de que siempre lo ha colgado en su cocina -allí sigue el que aún marca los días que restan de 2017, reproduciendo una obra de Sonsoles Brilhantes- y sospecho que en los próximos meses más de una vez lo va a echar de menos al levantar la vista y no encontrarlo en su sitio, justo cuando tenga las manos ocupadas en la preparación de algún plato…

Bien sé que todo el tiempo que me quede por vivir seguirâ vinculado a leer libros impresos en papel y, cuando estoy en casa, a seguir con la vieja y sana costumbre de consultar mi calendario de pared, aunque sólo sea por salvar mi deuda infantil con ellos, ya que las primeras obras de arte que ví siendo niño fueron las de Julio Romero de Torres reproducidas en los calendarios de Explosivos RíoTinto, que le regalaban a mi padre cada diciembre y nos acompañaron en casa a lo largo de los años.

Pero no sólo me gustan por esas imágenes que nos acompañan fielmente durante doce meses y parecen seguirnos con la mirada, pero luego olvidamos: será por la fuerza de la costumbre, pero también me recreo viendo esas faldillas impresas con los números de cada día bien grandes, y su correspondiente santoral, para poder cumplir con mi eterno ritual de cada año: cuando llega el día de los Inocentes -justamente tal como hoy- arranco y tiro a la basura el mes de diciembre, y cuelgo ya el calendario del año entrante: es mi última descarga emocional contra lo que tuvo de malo este año que ya se va, aunque haya sido impar.

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