Firmas

Feria de las vanidades

Ya termina hoy la feria de las vanidades, y en estos días hemos podido comprobar de qué callada manera el arte político puede terminar convertido en el mejor negocio del siglo en ciernes -mínimos costes de producción, precio de venta disparado y pingües beneficios- y su autor ser entronizado a bombo y platillo como la estrella mediática y díscola de la feria, mientras que todos los que de una u otra forma nos dedicamos a esto del arte nos hemos quedado cariacontecidos viendo como Helga de Alvear y Santiago Sierra han hecho caja y propaganda con mucho arte y salero, mientras el resto del mundo se ha quitado el sombrero…

Pero ya nos recordaban de forma continuada en las postrimerías del pasado siglo que “la verdad está ahí fuera”, y tan solo a veinte metros de la puerta de la galería de Helga, nada más doblar la esquina de Doctor Fourquet hacia la placita que la divide en dos, suele instalarse los fines de semana una galerista emergente y marginal que ofrece su género, arte de hoy a precios de ayer, sobre dos humildes bicicletas que sospecho deben estar tan orgullosas de su artístico destino final como su dueña de ponerlas en valor con su apuesta.

De hecho, por callejera, la suya bien podría ser una propuesta performativa que se ofreciera en cualquiera de los stands de este Arco ya agonizante, y a mi juicio quedaría mucho más integrada en la feria madrileña que esa otra tan marciana presentada por la Diputación de Huelva que ha ofrecido diariamente a los visitantes un concurso de corte de jamón con degustación de cápsulas energéticas con sabor a gamba blanca. Mismamente como si estuvieran en Fitur, promocionando recursos turísticos, y no en Arco.

Pero, muy probablemente, de aquí a un año ni recuerdo quedará de todo el circo mediático que montó SS con su “Presos políticos en de la España contemporánea” ya antes de inaugurarse la feria, ni de las cápsulas marcianas con sabor a gamba choquera, como nadie recuerda ya aquella figura de Franco encerrada en un frigorífico que presentó Eugenio Merino con gran alboroto mediático en la edición de 2012, ni tampoco queda ya memoria alguna de aquel vaso de agua por el que Wilfredo Prieto pedía 20.000 €, tres años después: Sic transit gloria mundi, que decían los romanos en tiempos de Nerón…

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