Firmas

Generación blandita

Imagen de archivo de un parque en Huelva

(Silverio Victoria) Paseando por un parque el otro dia, observé a una madre que le decía a su niño de 4 años: “ten cuidado, por Dios, no te vayas a hacer daño. No corras mucho, no te montes en el columpio, no te vayas a tirar por ese tobogán alto y no te alejes demasiado. Aquí estoy, ¿vale? De vez en cuando ven para que yo vea que estás bien”.

Me acordé entonces de un término que ha empezado a sonar como forma de definir las modernas relaciones entre progenitores y prole en algunos casos: padres que hacen los deberes a sus hijos, que les ayudan a elegir sus amistades, que les resuelven los problemas y que están pendientes de todos sus deseos y necesidades. Padres que hacen los trabajos de manualidades de los hijos, que solucionan los problemas de matemáticas, que realizan el taller de historia son, quizá, padres excesivamente protectores que están generando niños débiles, poco resolutivos y con escasa tolerancia a la frustración. Es la llamada “generación blandita”.

Probablemente habrá leído o escuchado que hay muchos grupos de WhatsApp compuestos por progenitores, que se comunican entre ellos para hacer los deberes de los hijos. Preguntan sobre problemas de matemáticas, traducciones de inglés o francés, formas de conjugar determinados verbos o por alguna web interesante en la que buscar información sobre un temario en cuestión, por ejemplo, sobre conocimiento del medio.

Ligado, unido, parejo, a consecuencia o como consecuencia de la generación blandita, va otra “etiqueta” que nomina a aquellos padres que protagonizan esto de lo que hablo: padres helicópteros. Esta terminología viene a señalar que el progenitor sobrevuela continuamente al hijo, preocupándose por él con frecuencia, solucionando sus problemas, no dejando que tomen sus decisiones, esforzándose en todo momento por evitar la frustración del niño y aportando todo en cuanto el pequeño lo pide, sin dilación, sin cuestionar lo correcto de dicha petición y sin pararse a pensar en lo oportuno de ello.

No digo que esto sea malo, en tanto en cuanto el padre debe favorecer, cuidar y mirar por que el crío se desarrolle adecuadamente. Lo que digo es que cuando los padres dificultan la capacidad de un hijo para ser autosuficiente, la paternidad helicóptero empieza a ser un problema. Esta sobreprotección física y moral implica estar en contacto permanente con ellos, preocupado por sus necesidades y sus gustos, como si aún no se hubiese cortado, entiéndaseme el símil, el cordón umbilical.

Un niño debe ir al parque y soltar la mano de su padre, corretear, caerse y levantase, sacudir sus rodillas y seguir jugando. El niño necesita que su padre esté a la vista, no sobre sus hombros. Si eso ocurre, el niño no ganará autonomía, autoconfianza, seguridad ni capacidad de decisión.

La paternidad helicóptero puede favorecer una relación tóxica, ya que implica que los progenitores asumen un rol hiperprotector, quieren resolver todos los problemas por sus hijos y desean tomar todas las decisiones, incluso las más intrascendentes.

Y claro, al final los niños suelen ser miedosos y poseen una escasa capacidad de afrontamiento. Los padres, madres y cuidadores de estos niños, en su intento por evitarles sufrimientos, pueden impedir el desarrollo de importantísimas habilidades y generar una baja autoestima en ellos, puesto que pueden no aprender a ser resolutivos, confiados y seguros. Entre otras dificultades que los niños pueden presentar están no aprender las consecuencias de sus acciones, ser débiles a las críticas, no desarrollar autonomía, buscar en terceros su propia seguridad y carecer de iniciativa.

En definitiva, considero que la mejor forma de enseñar no es dar todo hecho, sino aportar las herramientas necesarias para llevar a cabo el objetivo por sus propios medios. El niño tiene que aprender, pues antes o después tendrá que caminar por la vida en solitario.

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