Firmas

La buena muerte

Hay que tener estrella no sólo para vivir, sino también para morir. Uno no elige dónde nace, en qué coordenadas afectivas y familiares transcurren sus primeros años, pero luego puede y debe ir tomando decisiones que le hagan bien, porque el asunto parece sencillo: lo que todos buscamos es la felicidad propia y la de la gente querida. Pero en nuestro país no podemos elegir cómo morir si este trance irremediable no acontece de manera fortuita en forma de accidente o parada de las constantes vitales (infartos, por ejemplo).

Resulta que existe gente lista, ésa que dice cada vez que puede eso tan bonito de “te lo dije” mientras se relame de gusto por el placer de regodearse en el malestar del prójimo, ésa que se erige como reyezuela de la moral y, por supuesto, decide que en España el personal no puede elegir cómo quiere morir, ni mucho menos cuándo. Y por eso ocurren sucesos lastimosos que se convierten en escándalo social por la dureza, ternura y complejidad que encierran.

Han pasado varios días y aún me tiembla el corazón que habita en la garganta cuando imagino a Ángel haciendo el duelo por la pérdida de su mujer, María José, solo con su dolor en la celda de una cárcel porque en este país extraño se permite que un animalito de compañía pueda morir en dignidad, pero no una persona si así lo elige. Ángel tuvo que ayudar a su esposa a morir, como era su deseo y necesidad, pues llevaba treinta años sufriendo una penosa enfermedad, y tuvo que afrontar con valentía un acto durísimo, pues nadie más que él podía darle una buena muerte a María José.

Me repugna un Estado que prolonga la agonía de sus ciudadanos por motivos religiosos o por moralinas hipócritas y no los cuidan en su último viaje, respetando su voluntad, sólo eso, y permite que se sobrecojan al ver a dos ancianos luchando con la vida y la muerte como pueden o como saben. Dejen a la gente en paz, en la vida y en la muerte, en la libertad de decidir cómo quieren cerrar los ojos, apagar sus sueños, calmar sus tempestades.

Nadie es dueño de nadie. Se necesita más humanidad ante el dolor ajeno, que tal vez sea el más difícil de gestionar. Eutanasia. Eso es todo. Sólo entonces podré olvidar un poco la imagen de un anciano lleno de tristeza y soledad, sentado en un banco de la cárcel, mirando al suelo, sorbiendo lágrimas ardiendo mientras trata de digerir que está ahí en vez de velar el cuerpo de su querida esposa por ayudarla con esa buena muerte que ella tanto le había rogado.

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