Firmas

La medialuna panturrana

En los pueblos de España, y también en algunos bares de barrio de las grandes ciudades, todavía sigue vigente la costumbre de dar de beber al sediento, seguramente porque todos nos conocemos e incluso los forasteros disfrutan del beneficio de la duda, pero muy distinta es la filosofía de vida en el otro extremo del espectro: el gran capital no tiene sentimientos, y por eso cuesta creer que sus gestos de generosidad no escondan un variado catálogo de ocultas intenciones para seducir a sus potenciales y anónimos clientes, que somos casi todos.

Por eso, y visto lo visto, cuesta creer en la inocencia de una notícia (*) que ayer parecía bendecir la decisión de Aena de exigir a sus concesionarios la venta de botellines de agua a un precio máximo de 1 €, de 33 o de 50 cl. dependiendo de que te lo sirva un camarero en un bar o que te juegues tu euro en una máquina dispensadora de bebidas en cualquier aeropuerto. Y siendo el agua un bien tan básico para la vida como el aire que respiramos, y Aena una empresa con el 51 % del capital en manos del Estado, no sabe uno si disparar, rezar o cantar…

Por contra, esta bendita medialuna de la foto, la que me compro en la confitería de Palanco nada más llegar a mi pueblo para que mis cinco sentidos y mi sombra se enteren al unísono de que ya estamos en Gibraleón, sigue costando los mismos 80 céntimos del famoso café de Zapatero, y por suerte no es incolora, ni inodora o insípida, como nos enseñaban en la escuela que debía ser el agua, ya fuera corriente y gratis, o embotellada; aunque eso del agua servida en botella era un lujo de la capital que no llegaba a los pueblos españoles de aquellos años 50 de mi infancia.

Y sin embargo, esta humilde medialuna panturrana llega mucho más allá en sensaciones imperecederas que la famosa magdalena de Marcel Proust, porque al igual que ésta removía todos los resortes de su exquisita memoria con una vaharada de su aroma o con una brizna de su sabor, el acercamiento de una medialuna a los confines de mi boca y mi nariz se convierte casi en una experiencia religiosa, ya que roza la sensación de éxtasis, y me invita a un territorio prohibido -por ser diabético no debería probarla- que alborota todos mis registros más íntimos. Y espero que así siga siendo, al menos mientras yo viva, para seguir deleitándome con ellas y brindando por la conservación de nuestras mejores tradiciones…

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