Firmas

Las navidades que se fueron

Es inevitable que cuando se acerca final de año retornen a nuestra mente recuerdos y vivencias navideñas. Un pasado que revive mi niñez en la navidad de pueblo. ¡Con qué felicidad recibíamos las vacaciones escolares!. El tiempo que se avecinaba era para pasárnoslo muy bien, jugando todo el día y con la posibilidad de ir y venir, a hurtadillas, a la caja de mantecados de 5 kilos que se compraba en la mayoría de las casas.

Lo primero, los niños del colegio de San Ildefonso, el día 22. Desde la calle oíamos la radio de las casas, una y otra vez repetir aquella musiquilla de “125.000 pesetas”.

Los hombres que no trabajaban, normalmente los abuelos, se sentaban al lado de la radio acompañados de la copita de anís Machaquito. Siempre pensé que la lotería le tocaba a mucha gente, pero nunca a mi familia y a mis vecinos de la calle. Después, a jugar al fútbol, como todas las mañanas, para quitarnos el frío del cuerpo.

Por las tardes, a visitar el belén. No los belenes, sino el belén de fulanita o menganito. Solo había montado un belén en una casa de la calle (solía ser la casa más pudiente).

Gastar dinero en figuras y casas de barro y madera era todo un lujo. Ese olor a pino y a musgo, ¡que delicioso!. Ese río, hecho con vidrio y fondo de arena. Y esas figuras, casas y palmeras ¡que bien situadas!.

Siempre me llamó la atención la familiar escena del portal, así como la marcialidad y el respeto que transmitían los soldados del castillo de Herodes. Aunque en Historia sagrada, en la escuela, nunca me dijeron que en Belén hubiese habido alguna vez un castillo.

Todas las tardes-noches salíamos en pandilla a cantar villancicos, sin previo ensayo ni dirección técnica alguna, solo con la voluntad y la alegría propia de las fechas y la edad.

Nos metíamos en los zaguanes de las casas. Algunas vecinas se enfadaban y nos echaban fuera por tanto ruido, la mayoría sonreían, escuchaban y nos regalaban, no el aguinaldo, sino el “aguilando”- como se decía por tierras cordobesas- en forma de perras de 10 y 5 céntimos.

Excepcionalmente caía alguna pesetilla. De mayor he pensado que ¿cómo fue posible que la censura no prohibiera la letra del villancico que dice “la noche buena se viene, la nochebuena se va y nosotros nos iremos y no volveremos más”?. Eso de no volver después de la muerte… ¡No sé yo , no sé yo!

La nochebuena era la primera gran fiesta. Se comía algo excepcional y había pestiños en cantidad sin límites. Cenábamos en casa de algún familiar ; toda una novedad. Salíamos a la calle con los mayores, a horas vedadas para los niños. ¡ Que delicia eso de experimentar la vivencia de una prohibición!. Se iba a misa del gallo a las 12 de la noche (nunca supe ni nadie me dijo por que se llamaba misa del gallo; la tradición habla de varios orígenes).

En esa misa no había música ni cantos. La iglesia confundía devoción y respeto, con bullanga y alegría. Con el tiempo esto ha mejorado. ¡Hasta ha cambiado la hora de celebración y se canta a raudales!. La misa pasó de celebrarse de las 24:00 a las 21:00 horas, para evitar la presencia de personas que animadas por el alcohol ingerido en la cena, se presentaran en la iglesia con poco decoro y manifestando indiferencia y mofa al acto religioso. Al acabar la misa, la gente retornaba a casa, donde la fiesta continuaba en medio de copitas, pestiños y villancicos

Llega la noche vieja. Era la máxima expresión de alegría. Después de cenar, ¡a la calle todo el mundo!. A la plaza principal a escuchar las campanadas del nuevo año.

Siempre exactas, se escuchaban perfectamente y no había equivocaciones. Confetis, gorritos y alguna botella de licor o cava. Había petardos pero no cohetes. Abrazos y deseos de felicidad para un venturoso y próspero año nuevo.

Hoy, lo de próspero y venturoso lo hemos cambiado por exitoso profesionalmente y lleno de salud. Pasado el jolgorio de los primeros minutos del año nuevo, se volvía al hogar para seguir allí la fiesta porque los niños no debían estar tan tarde en la calle y mucho menos de madrugada. Ese día casi se permitía la licencia de que un niño probara el alcohol. Pero solo un sorbo ¡eh!.Nos acostábamos a altas horas de la madrugada, lo mismo que los mayores.

A partir del día uno de enero, las diversiones infantiles daban un giro. Había que dedicar mucho tiempo a hablar de lo que le habíamos pedido a los Reyes en la carta, según los juguetes nuevos del año que veíamos expuestos en los grandes escaparates. Nos quedábamos eclipsados, mirándolos con la nariz achatada contra el cristal, como queriendo tocarlos con las manos. Eso era algo imposible. Ahí empezaban a tomar cuerpo el sueño, la ilusión y la verdadera magia de las Navidades.

No se podían pedir más de uno o dos juguetes. El carbón era una amenaza que se cernía sobre el niño que había sido malo. Cuando llegaba la noche de Reyes, mis padres me contaban por donde iría el viaje de los Magos y me insistían que debía acostarme y dormir pronto, una vez puestos los zapatos y el vaso de leche en el balcón. Estábamos muy nerviosos. No existía cabalgata en los pueblos. Todo era pura imaginación y fantasía. Cuando me despertaban mis padres, sobre las 7 de la mañana. ! Wow! qué espectáculo.

Mis juguetes preferidos allí a mi disposición y más caramelos y chocolatinas de los que había pedido. ¡ Que generosos habían sido los Reyes!. ¡Qué día más feliz!. Aunque duraba poco el disfrute, porque a los dos días ya empezaba el colegio y casi estaba prohibido jugar con los juguetes en día escolar. Siempre pensé que eso de disfrutar plenamente de los juguetes solo el día 6 de enero era algo injusto y que se tenía que modificar.

Hoy, en definitiva, han cambiado los usos y costumbres navideños. No son mejores ni peores que entonces. Solo son diferentes. De esta manera, me da igual que las navidades que se fueron ya no vuelvan. Tampoco volveremos a tener 7 u 8 años. Especialmente me alegra que, a diferencia de los tiempos de mi niñez, la situación ahora sea propicia para iniciativas encaminadas a que nadie se quede sin comer , ni ningún niño se quede sin juguetes.

Los mayores debemos seguir velando para que nunca falte el espíritu de la navidad, la fantasía, y la ilusión. Es importante que cuidemos de transmitir a nuestros pequeños las sensaciones y vivencias de cuando fuimos niños. Porque, como dijo Voltaire, “La ilusión es el primero de todos los placeres”.

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