Firmas

Los hijos del porno

Cuando era joven y pasaba ante una obra, llovían piropos. Algunos eran de corte fino y otros… otros harían sonrojar a un bisonte. Yo no daba importancia a eso, lo entendía como algo inherente a ser muchachita. Miraba hacia el infinito, impertérrita, y más allá del malestar por la molestia a mi calma, no me producía miedo. Igual ocurría ante un grupo de hombres en la puerta de un bar. Sin embargo, le tenías recelo a un tipo que anduviera de madrugada solo.

Pero a los hombres en pandilla, no. Ahora espeluznan las manadas, esos hijos del porno más salvaje y cosificador de la mujer de todos los tiempos. No existe la educación afectiva sexual, ni en las familias ni en los centros educativos.

Así que ahí los tenemos, las chicas con vestuarios y bailes hipersexualizados y los chicos con la mente atiborrada de lo que circula en internet, sexo duro con muchachas complacientes dando rienda a los vicios más inimaginables. ¿Por qué van ellos a creer que lo que ven de manera masiva no es la realidad? Es ficción, claro, pero nadie se lo dice. Sigue siendo tabú el sexo.

Pasa el tiempo y socialmente evolucionamos lo justito para pasar el día. A una niña de catorce años con un ambiente familiar complejo la agredieron sexualmente por turno seis degenerados, escoria odiosa, que como no tuvieron que usar la fuerza, pues ni pensaron que eso fuera violación.

La chica estaba borracha, inconsciente, y no sabía lo que le hicieron hasta que sus amigos se lo contaron. Y dice la fiscalía que no, que no va a pedir cárcel por violación, sino por abuso, pues no hubo violencia.

Qué cansancio. Otra vez a explicar que era una niña, y que la penetraron con alevosía, mientras dormitaba por el alcohol. Tendría que ser un agravante, no un atenuante.

Malditos juzgados que dan mensajes a los ciudadanos de la impunidad de los verdugos. Asquerosa sociedad que no educa en el respeto por las mujeres. Por eso concluyo, destilando rabia, que mientras en este país no se endurezcan las penas, se cambien leyes y se enseñe sexualidad a los jóvenes desde su perspectiva afectiva, todo seguirá igual de doloroso e inhóspito para las mujeres.

Sé de lo que hablo. Poco, pero sé. Soy maestra de escuela, y tengo la certeza de que enseñamos obviedades inútiles para la vida con los demás, cuando en armonía con las familias habría que enseñar a ser buenas personas.

A partir de ahí, mejoraría todo, que ya el mundo rodaría de manera elegante, como si se deslizara por toboganes de nubes serenas.

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