Dragó siempre vuelve al sur
Cuando conocí a Dragó, Fernando Sánchez Dragó, me llamó mucho la atención su hipnótica dicción. Su perfectamente musical forma de hablar. Como si tuviera un metrónomo en la garganta. Nacido en Madrid, autoproclamado soriano honorario, se jactaba con razón de su cristalinísimo castellano, en el que yo, catalana, reconocía acentos más poderosos y más hondos de lo normal en la meseta. Como si alguien le echara vino al agua a escondidas. El misterio se aclaró cuando supe … (que nos lo cuente él con sus propias palabras):
“Todo mi linaje paterno arranca de Aljaraque, en Huelva. Don Modesto Sánchez Ortiz se vino vencida ya la mitad del siglo XIX a Madrid para trabajar de mancebo de botica y acabó de director de "La Vanguardia" en Barcelona y, luego, de gobernador civil y cosas así. Fue él quien se trajo a la capital a su hermano (y abuelo mío), Gerardo, que fue uno de los fundadores de la asociación de la prensa, todo eso y mucho más. Está contado con pelos y señales en mi novela "Muertes Paralelas". Todavía me quedan parientes en la llanura tartésica. Yo, de niño, pasé parte de la guerra civil en un chalet de Huelva”…
Ya nos íbamos aclarando. Uno de los superpoderes de Dragó eran sus genes del Sur, de los que no se desconectó nunca. Doy fe porque, durante los años en que fuimos pareja, viajamos mucho allí. Andalucía y Asia encabezaban el ránquing de nuestras escapadas. Algunas especialmente sonadas y entrañables las cuento en mi reciente obra “En la boca del dragón” (La Esfera de los Libros). Una memoria novelada de nuestros amores y de algunas cosas más, incluida la España de nuestro tiempo...
Yo conocí a Dragó cuando ya no era el hombre de moda que fue en los años 80 y si me apuras 90 del siglo XX. Ya su idea de la libertad, del amor, de la amistad, de la cultura y de casi todo en la vida empezaban a encontrar difícil acomodo en un país que quién te ha visto y quién te ve. Pero era llegar al Sur y respirar. Andalucía en general y, como es lógico, Huelva en particular, le resonaban como un Shangri-La, como un refugio. Un lugar donde sentirse en casa y recordar que el mundo está bien hecho, como él decía. Tozudamente. Hasta el final.
Por eso es para mí especialmente importante que “En la boca del dragón” se lea en el Sur. Este libro mío nace de una necesidad muy íntima de honrar la memoria de un hombre que llegó a ser mucho más famoso que conocido, sobre todo, insisto, al final.
Por cierto, cuando dice que pasó parte de la guerra civil en un chalet en Huelva, lo que quiere decir es que él estaba allí mientras su madre, desesperada, buscaba bajo las piedras al marido y padre desaparecido, Fernando Sánchez Monreal, prometedor periodista en el Madrid de los años 30 que, nada más estallar la contienda, sin pensárselo dos veces, se fue de cabeza a buscar la noticia. Dejando a su joven esposa embarazada atrás. Le mataron a las pocas semanas de muy mala manera, a raíz de una denuncia falsa. Y ruin. Tanto, que los propios artífices del asesinato trataron de ocultarlo. Pasarían décadas hasta que se esclarecieran los hechos. Siendo Fernando un niño muy pequeño, la madre le dejaba al cuidado de la familia de Huelva para seguir buscando al marido. ¿Dónde iban a cuidarle mejor o a quererle más? Yo creo que eso siguió y sigue siendo así. Y si mi libro sirve para recordarlo, bien escrito está.