No es Zapatero. No es Sánchez. Es el PSOE

Rodríguez Zapatero en un reciente acto público
Reducir todo a Pedro Sánchez y los suyos es ser deliberadamente miope

Aunque pueda parecer sorprendente, el circunscribir la culpa a individuos concretos es lo que mejor le viene a las fuerzas políticas. De esta manera se absuelven a sí mismas de la culpa colectiva y concentran todo el mal en personas que pueden desechar después. La gente pasa, pero el partido permanece. Y es lo que sucede especialmente con el PSOE.

Décadas de corrupción, robo y delincuencia institucionalizada parecen no hacer mella en su marca política. Incluso las travesías por el desierto a las que muchas pareces parecía abocado tan sólo han resultado ser meros espejismos. Es el riesgo que se corre también ahora, porque es la propia estructura la que está más interesada que nadie en que la culpa se focalice en nombres y apellidos concretos. Ábalos, Koldo, Santos Cerdán… Ahora Zapatero. Y quién sabe si mañana Sánchez. La cuestión es pararse a reflexionar sobre lo evidente: son la consecuencia, no la causa. Que individuos así hayan podido anidar primero y prosperar después dentro del PSOE lo que evidencia es que el partido es una estructura criminal en sí. Lo que no quiere decir que todos sus militantes, afiliados y simpatizantes sean delincuentes. Pero defender a capa y espada lo indefendible no es un buen indicio.

Para quien tenga buena memoria, si hay algo que definió los trece años de gobierno socialista con Felipe González, eso fue la corrupción. Especialmente aguda a partir de la legislatura de 1986, y ya insoportable en la de 1993. Una corrupción que continuó mucho más allá en el caso de Andalucía, y que culminó con el procesamiento y condena de altos dirigentes de la Junta. Si el escándalo de los EREs fraudulentos ya era inasumible, el de los cursos de formación y la FAFFE es mucho peor. Como si de una aristocracia rancia y arrogante se tratara, la caseta de la Feria, el rebujito, la chacina y la tortilla de patatas era sufragada con dinero público, mientras los trabajadores aguardaban eternamente.

Miles de enchufados y colocados a dedo en una estructura improductiva y pagada de sí misma, estómagos agradecidos sin mayor mérito vital que conocer a alguien cerca del poder. La meritocracia socialista en toda su envergadura.

Por eso a nadie que sea buen conocedor de esto pueden sorprenderle los recientes escándalos que salpican al PSOE. Porque son su misma esencia, la muestra más palmaria de su auténtica naturaleza. Ahora, si acaso, amplificado todo por la evidente voluntad de subvertir el sistema democrático en España. Desde la muerte de Montesquieu decretada por Alfonso Guerra allá en 1985, cuando se modificó el sistema de elección del Consejo General del Poder judicial y se entregó a los políticos; hasta el asalto del Consejo de Estado, el control del Tribunal Constitucional y del Tribunal de Cuentas, y la Amnistía a los golpistas catalanes.

Una cara de la realidad, que se complementa con aquella que ahora se desvela poco a poco y que los observadores más hábiles de la realidad ya concluyeron como definitiva hace años: el empleo de las cloacas el Estado para destruir las carreras de los jueces, fiscales, policías y guardias civiles empeñados en desarrollar con dignidad e independencia su labor constitucional, y perseguir las tramas de delincuencia organizada allá donde surgieran, y provinieran de donde proviniesen. 

Por estas razones reducir todo a Pedro Sánchez y los suyos es ser deliberadamente miope. Tratar de hallar un remanso de tranquilidad para evitar tener que enfrentarse a la loca verdad: que el PSOE es una organización criminal, y que cuanto antes desaparezca del panorama político español, mucho mejor para toda la sociedad.