El Martes Santo se abre en San Sebastián con el Santísimo Cristo de la Sangre ganando la calle desde su parroquia. El silencio se impone en ese instante que no necesita aviso, cuando todo se recoge y el tiempo parece detenerse antes de empezar.
Poco a poco, el Señor se deja ver y comienza a tomar la calle con ese andar tan suyo, sobrio y medido, marcando el compás desde el primer paso. No hace falta nada más. La escena se sostiene por sí sola.
El sonido de las cadenas de penitencia irrumpe entonces en la tarde, rompiendo el aire con ese eco seco que acompaña cada chicotá. Un sonido que no distrae, sino que envuelve, que marca el ritmo de una salida construida desde el recogimiento.
El misterio avanza con firmeza, dejando una estampa seria y reconocible, de esas que no cambian con el tiempo. Cada movimiento tiene su sitio, cada paso su medida, en una forma de hacer que define a la hermandad.
Este año, la cofradía traza un discurrir distinto en sus primeros metros, dejando atrás su paso habitual para buscar el encuentro con el convento de las Hermanas de la Cruz. Lo hace descendiendo por la Cuesta de las Tres Caídas y adentrándose después por calles como Palos, Fernando el Católico y San Salvador, abriendo una nueva forma de mirar su recorrido.
Tras el Cristo, Nuestra Señora del Valle completa la escena, aportando ese equilibrio sereno que sostiene el conjunto y que forma parte inseparable de la identidad de la hermandad en la calle.
Junto a ello, la salida se presenta con estrenos que se incorporan al conjunto con naturalidad, desde las nuevas piezas del cortejo litúrgico hasta los detalles que nacen del propio trabajo de la hermandad, manteniendo ese cuidado que siempre la acompaña.
Así comienza el caminar de Los Estudiantes, con ese tono propio que la distingue, donde todo se dice sin palabras y donde el silencio forma parte de la oración.