Lucha contra el Alzheimer

Manuel Sánchez Márquez, 83 años: tatarabuelo y testigo de un amor que nunca se rinde

Desde un rincón de Huelva, Manuel guarda la memoria de cinco generaciones. Es tatarabuelo y cada día encuentra un gran motivo para seguir adelante: cuidar de Conchi, la mujer de su vida. En esta conversación íntima, desvela lo que de verdad hace grande una vida: quedarse cuando los recuerdos se van y amar cuando el tiempo empieza a borrarlo todo
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En el corazón de Huelva, en 1942, nació un niño que creció entre calles llenas de vida, juegos inventados y un barrio que aún hoy recuerda como el más bonito de la ciudad: el Barrio Obrero. Allí vivió su infancia, su juventud y los primeros años de adulto, hasta que se casó. Desde entonces, su vida ha sido una suma de amor, memoria y raíces.

Fue hijo único, pero la soledad nunca fue parte de su infancia. Le acompañaban la calle, los amigos y la imaginación, que obraban milagros en tiempos de escasez. Como no había juguetes, los creaban con sus propias manos. De un trozo de madera salían trompos, canicas, patines y villardas. Con casi nada, construían mundos. Quizás por eso guarda tantos recuerdos hermosos de aquella etapa, en la que con poco se vivía mucho.

Estudió hasta primero de Magisterio, pero pronto comprendió que ese no era su lugar. Bastaron unas prácticas para darse cuenta. “La dejé porque no me gustaba nada”, dice sin rodeos. En aquel tiempo, dejar los estudios significaba empezar a trabajar. Su primer empleo fue en la compañía de Río Tinto. Luego vino la mili, con 22 años, y al regresar, se incorporó a la refinería, justo cuando el Polo de Desarrollo comenzaba a transformar la ciudad. Los desplazamientos, largos y duros, le empujaron a buscar otros caminos. Pasó por Fertiberia, Sevillana de Electricidad y finalmente por Foret, donde encontró la estabilidad. Allí trabajó durante 25 años, desde 1967 hasta 1992, y fue el lugar donde puso fin a su etapa laboral, con la dignidad del que ha sabido ganarse todo a pulso.

Pero su historia no se escribe en jornadas ni turnos, sino en las páginas sencillas de una vida compartida. Porque lo que de verdad lo define es el amor por Conchi, la mujer que siempre ha sido su mundo. La conoció cuando eran niños: ella llegó al barrio con once años y se instaló justo enfrente de su casa. De esa vecindad nació un amor tranquilo, sin prisas. Se hicieron novios cuando él tenía veinte años, estuvieron seis años y medio juntos y se casaron. Tuvieron dos hijos y desde entonces no han dejado de sumar vida.

Cuando habla de su esposa, el tono se le ablanda y la emoción aparece sin querer. Además, al preguntarle qué es lo que más admira de ella, responde con ternura: “Su lealtad, su saber estar, su cariño hacia mí y yo hacia ella. Y que no da nunca una batalla por perdida, es lo que más admiro de ella”. También confiesa: “No me imagino la vida sin ella. Y ya a ciertas edades como la mía, que tengo 83 años, cada día la valoro más. Porque yo soy cinco años mayor que ella y, por regla general, tendré que durar menos. Y si me faltara antes… creo que yo me iría detrás. La quiero tanto que no me hallo sin ella”.

No lo dice desde la tristeza, sino desde una paz que solo da el amor profundo. Ese que se construye con los años, con las rutinas y la entrega. El secreto, cuenta, ha sido siempre el respeto. Ese respeto natural, sin imposiciones, que nace cuando dos personas se quieren de verdad. Sin embargo, ahora viven una etapa muy difícil: Conchi sufre Alzheimer y, aunque él la cuida con toda el alma, hay momentos que desgarran. “Veo que se está yendo poco a poco… La memoria la ha perdido totalmente, repite las cosas una y otra vez y yo voy viendo el deterioro. Eso me sobrecoge. El Alzheimer no debería de existir”, afirma con dolor.

Aun así, en su memoria siguen intactos los días felices. Recuerda su boda como el más feliz de su vida. Formar una familia con ella fue siempre su mayor sueño. Los comienzos no fueron fáciles: salarios modestos, largas jornadas y muchas horas extra. Pero salieron adelante. Hoy, ver cómo sus hijos se cuidan entre ellos le llena de orgullo. Reconoce que fue estricto, sobre todo con su hija, pero siempre desde el cariño. Les enseñó a cuidarse, a respetar a su madre y a devolver con amor todo lo recibido. Cree que educar con ternura firme fue la base de un hogar fuerte, de esos que no se tambalean.

El tiempo le ha dado más de lo que nunca imaginó. Entre esas sorpresas está su tataranieta. Cuando su bisnieta le contó que estaba embarazada con solo 18 años, no pudo creerlo. “Me dejó patas arriba”, confiesa. Pero hoy, cuando ve a la pequeña Saray, se le ilumina la cara. A veces se pellizca: cuesta creer que con 83 años haya llegado a ser tatarabuelo. Habiéndose criado solo, sin hermanos, tener hoy una familia tan grande, con varias generaciones vivas, le parece un regalo. Y a todos los quiere con un amor que no distingue ramas del árbol: los siente suyos.

Mira también con cierta melancolía cómo han cambiado los tiempos. Cree que muchos jóvenes han perdido el respeto y ahora cuesta más enseñar valores. “Que venga un crío con 15 años y te chulee… eso es lo que más me fastidia”, dice con pesar. Aunque también reconoce que hay ambición, curiosidad y ganas de aprender en las nuevas generaciones. Solo espera que sus nietos, bisnietos y tataranietos no se alejen del buen camino.

Durante años, su pasión fue la pesca. Entre cañas, aparejos y mañanas frente al mar, encontraba calma y silencio. Hace poco, entregó todo ese pequeño tesoro a sus nietos, con la esperanza de que lo disfruten como él lo hizo. Aun así, confiesa que le haría feliz que alguno lo invitara un día, aunque solo fuera para acompañar. “Con que me digan: ‘abuelo, vamos a ir a echar un ratito’, yo me conformo”, afirma con una sonrisa que mezcla nostalgia y deseo.

Ahora su vida gira en torno a Conchi. “Desgraciadamente, ahora me ocupo las 24 horas del día de estar pendiente de mi mujer. Porque el día no tiene 28 horas, si no estaría cuatro horas más. Yo no la dejo ni a sol ni a sombra. Me debo a ella en cuerpo y alma”, expresa con entereza.

Si piensa en lo que ha aportado a su familia, responde con humildad y certeza: “Cariño, paz, armonía y educación”. Y si pudiera dejar un consejo a sus tataranietos, les pediría que crecieran con los mismos valores con los que él fue criado. Que sean buenas personas, que respeten y se ganen el cariño de los demás por su forma de comportarse. “Me gustaría que se criaran como lo hice yo, con mis valores y mis defectos, para que todos hablaran bien de ellos. Que se comporten bien con la gente”, añade con emoción.

Y al hablar de cómo le gustaría ser recordado, baja la mirada un instante. Luego levanta la voz, suave pero segura, y lo deja claro: “Como un abuelo que lo dio todo por ellos, porque lo doy todo. No solo cariño, amor y amistad, sino también unos valores”. Y añade, con una sonrisa pequeña pero luminosa: “Que me recordaran así, como una buena persona”. Porque, al final, no hay legado más grande que ese.