Ánimo, Alberto

Cuando el presidente desprecia al líder de la oposición, desprecia también la función misma del Parlamento

Jamás imaginé que alguien pudiera contribuir de manera tan abrupta a la caída en picado de la dignidad parlamentaria. En una reciente sesión de control al Gobierno, bajo la cúpula decimonónica del palacio del Congreso, se erosionó el debate político y, además, se esquivó al pueblo soberano con una sonrisa despectiva, encapsulada en dos palabras: Ánimo, Alberto.

La frase tuvo un claro propósito peyorativo. Un gesto ausente de camaradería entre dos adversarios políticos. Fue un sintagma sarcástico, lanzado desde el escaño presidencial y convertida por arte de birlibirloque en púlpito del desprecio. El presidente, Pedro Sánchez, decidió responder al anuncio legítimo de su citación por el Senado, un acto democrático, reglado y constitucional, con un gesto chulesco que recordó más a la taberna sarcástica que al templo de la representación nacional.

La frase cayó como plomo sobre los escaños. Y con ella, una atmósfera de bochorno y estupor. ¿Qué ha sido del decoro parlamentario? ¿En qué momento se desfiguró el respeto mutuo, ese pegamento invisible que, aunque tirante, sostenía el viejo edificio del parlamentarismo español?

Corroboro las palabras de Cayetana Álvarez de Toledo: el sanchismo no es una ideología, es un selfie. Es decir, una autofoto de sí mismo, un autorrelato de su propia obra. Y no se equivocaba mi compañera en el Congreso, porque esa actitud, la de Sánchez, es la de quien ha sustituido los principios por el poder, la cortesía por el cálculo político, la institución por algo que no lo conoce ni la madre que la parió, como dijo Alfonso Guerra.

El presidente del Gobierno se ha permitido mofarse, con sonrisa sibilina, del jefe de la oposición. Ni siquiera en tiempos convulsos como los de la Segunda República, donde volaban las palabras como cuchillos, se atrevió Azaña a rebajar con sarcasmo el valor de la palabra del adversario. Ni siquiera en los años del Directorio Militar, donde la Asamblea Nacional se arrastraba entre obediencias, se profanó la oratoria con semejante displicencia.

Ánimo, Alberto fue la frase que arrancó de los diputados socialista la sonrisa socarrona. Todos rieron a mandíbula batida cuando escucharon de su jefe, con risa de Joker, como dice el diputado Fernando de Rosa, la álgida expresión mordaz. Esto ocurrió aun a sabiendas que, llegado el momento, todos lo abandonarán. Ya pasó de la misma manera con Ábalos y Cerdán, porque los amigos falsos solo asisten cuando brilla el sol. Esto lo dijo Benjamín Franklin. Y nos anuncia de manera retorcida que siempre hay un huerto de los olivos esperándonos, en este caso, por muy presidente que sea.

Cuando Pedro Sánchez desprecia al líder de la oposición, desprecia también la función misma del Parlamento. No se combate una acusación legítima con el ridículo. No se elude la responsabilidad institucional con ironía barata. La democracia no es solo contar votos, sino también respetar formas, asumir críticas, comparecer ante las dudas. La soberbia, esa peste que ha arruinado imperios, empieza por no escuchar al otro.

Si nos vamos a los diarios de sesiones y contemplamos la historia del parlamentarismo, echaremos de menos la templanza moderada de Cánovas, la inteligencia sutil de Besteiro o la mordacidad limpia de Calvo Sotelo. Ellos jamás disfrazaron sus discursos de sarcasmo sino de razón.

Pero no todo está perdido. Por suerte quedan en estas bancadas hombres y mujeres que creen en la palabra como instrumento sagrado del poder civil. Aún queda país. Y frente a lo de: Animo, Alberto, somos muchos los que le decimos hoy: Valor, España. Porque por cada gesto de arrogancia desde el sillón presidencial habrá una respuesta de decencia desde la calle y la historia.

Manuel García Félix
Diputado en el Congreso por la provincia de Huelva