Comparecencia
Desde la tribuna del hemiciclo, el presidente del Gobierno compareció con su habitual entonación meliflua, revestido de una solemnidad impostada y con el aire doctoral del que pretende dar lecciones sin haber hecho nunca autocrítica. Pedro Sánchez, rodeado del aplauso dócil de sus socios, se presentó ante el Congreso para hablar —una vez más— de la corrupción. Pero no para combatirla, no para dar cuenta de ella, sino para convertirla en herramienta arrojadiza, en humo y espejo, en ese trampantojo tan suyo que ya no sorprende a nadie, pero que contraviene la decencia parlamentaria.
No era una comparecencia, sino una función teatral. Como dijo Valle-Inclán, en España el esperpento es la única forma posible de realismo, y en este pleno hemos asistido a su máxima expresión. El presidente se erigió en fiscal de la oposición, olvidando que su gobierno ha sido apuntalado por formaciones manchadas por casos sonoros y recientes: desde el caso Koldo, hasta la preocupante opacidad de los contratos de mascarillas durante la pandemia. En vez de asumir responsabilidades, volvió a recurrir a su viejo libreto: la culpa es del PP, de la fachosfera, de los pseudomedios, de cualquier sombra del pasado que pueda resucitar para encubrir sus propias manchas.
Como diputado del Partido Popular, he asistido a muchas comparecencias, pero pocas como esta. Mientras hablaba Sánchez, miraba de reojo a sus socios —de investidura y de gobierno— que lo sostienen de momento a cambio del indulto moral de la impunidad. Esos mismos que piden amnistías, que señalan a jueces, que insultan a la Guardia Civil. Como si estuviésemos en la corte de Fernando VII, los pactos se sellan no con leyes, sino con favores cruzados y silencios cómplices.
El presidente, que se ha leído a Maquiavelo y lo interpreta como un manual de instrucciones, olvida que la astucia sin virtud es solo cinismo. Su discurso, largo y plagado de lugares comunes, pretendía construir un relato alternativo, pero solo consiguió subrayar su dependencia de partidos que harían sonrojar a cualquier demócrata de verdad. Alberto Núñez Feijóo se lo dijo muy alto y claro: primero, diga lo que sabe. Después, devuelva el botín saqueado en los ministerios, y luego disuelva las Cortes y convoque elecciones, porque el pueblo tiene derecho a hablar si se le da voz en las urnas. Pedro Sánchez es un líder débil que le interesa a sus socios porque le sacan todo lo habido y por haber y porque, además, esta llevando a España a una deriva que les interesa, ya que supone la degradación de las instituciones del Estado. Y como prueba está lo que le refirió el diputado de Ezquerra Gabriel Rufián: mientras que esto dure, vamos a sacar la máxima tajada. Más claro, el agua.
Y aquí estamos, con un Gobierno que sobrevive a base de conceder privilegios, de callar ante el abuso, de fingir que todo es normal cuando nada lo es y de romper la caja única, entre otras cosas. El presidente compareció, pero no rindió cuentas: se limitó a construir una coartada. Como si el país estuviera en calma y no al borde de una crisis institucional sin precedentes. Como si no supiéramos que el precio de su permanencia en Moncloa se paga con silencios, concesiones y pactos que empobrecen la democracia y generan desigualdad entre los españoles y desequilibrio entre las Comunidades Autónomas.
Y lo más grave, ya no es que nos mienta, es que sabe que lo sabemos y no le importa. Ha construido un poder a prueba de bomba, sostenido por quienes nunca tuvieron problema en empujar al Estado hacia el abismo con tal de lograr un rédito.
Hoy escribo esto con indignación, pero también con la certeza de que este ciclo se acabará. Que la verdad se abrirá paso, como decía Camus, aunque venga arrastrándose. Y cuando eso ocurra, Sánchez no será recordado por sus comparecencias, sino por su silencio cómplice, por su claudicación calculada, por ese pacto con el cinismo que ha contaminado las instituciones.
Manuel García Félix Diputado Nacional en el Congreso por la provincia de Huelva.