Eufemismos: No hay atropello a la ciudadanía que no tenga su barniz de dulzura

Sánchez en el Congreso junto a las vicepresidentas del Gobierno

Desde tiempos inmemoriales, la política ha sido el terreno fértil donde los eufemismos florecen con esplendor. No hay ideología que no los haya utilizado, pero si hay un partido en España que ha convertido el batiburrillo de palabras en su santo y seña, ese es sin duda el Partido Socialista. La habilidad con la que han transformado la realidad a través del lenguaje es digna de un estudio en profundidad, o al menos, de un buen rato de sarcasmo.

Tras le época del felipismo, comenzó el periodo de José Luis Rodríguez Zapatero, quien, en plena crisis económica, decidió que lo de recesión sonaba demasiado deprimente y optó por los ya célebres brotes verdes. Era como si en vez de hundirse el país en el fango del desempleo y la quiebra, estuviéramos a punto de cosechar una primavera económica. El resultado: cinco millones de parados y una sociedad asfixiada por la desidia de un gobierno más preocupado en maquillar la realidad que en enfrentarla.

Después vino la era de Pedro Sánchez, un maestro consumado en el arte del eufemismo. La falta de aprobación de una Ley de Presupuestos Generales del Estados, según marca la Constitución, no es una crisis, sino presupuestos expansivos, que en la práctica significan más impuestos y más deuda. La inflación desbocada se convierte en crecimiento moderado de los precios, el aumento del gasto militar en salto tecnológico o salto en seguridad y las subidas impositivas en justicia fiscal. No hay atropello a la ciudadanía que no tenga su barniz de dulzura.

La última comparecencia de Pedro Sánchez en la tribuna de oradores del Congreso, para explicar lo del gasto militar que no ha explicado, ha sido la prueba definitiva de que el eufemismo es su único recurso de gobierno. Palabras vacías, frases rimbombantes sin contenido y una insistente obsesión por eludir la realidad. Mientras tanto, Alberto Núñez Feijóo le recordó lo que significa ser un político consecuente y responsable: hacer propuestas serias y tendentes al mejoramiento de nuestro país. Esa es la gran diferencia, lo efectivo frente a lo eufemístico.

En la historia política, el arte de justificar lo injustificable, ha sido empleado con maestría. Franklin Roosevelt hablaba de reajuste económico en plena Gran Depresión, cuando millones de personas pasaban hambre. La Unión Soviética utilizaba reubicación forzosa para referirse a la deportación masiva de ciudadanos a gulags. Y en la España actual, el dirigente del gobierno ha refinado esta técnica hasta límites insospechados, creando una realidad paralela donde todo lo negativo se convierte en positivo con tan solo un giro lingüístico.

En definitiva, Pedro Sánchez ha convertido el relato en su principal herramienta de Gobierno. Mientras el pueblo sufre las consecuencias de su gestión, él sigue vendiendo humo envuelto en términos edulcorados. Y lo peor de todo es que, al final, el eufemismo más grande de todos es llamarlo progreso cuando lo que realmente vivimos es un retroceso en nuestra calidad democrática, habida cuenta de sus socios de gobierno, auténticos negacionistas de la unidad del territorio español y de la importancia geopolítica de la Unión Europea en nuestros intereses de país.

Quizás ha llegado el momento de exigir menos relatos, más datos y más verdad. Porque España no necesita brotes verdes, presupuestos expansivos ni saltos tecnológicos que solo existen en los discursos, España necesita políticos que llamen a las cosas por su nombre y soluciones que se traduzcan en hechos, no en palabras vacías. Hasta entonces, seguiremos desenmascarando el gran teatro de los eufemismos con la misma ironía con la que este gobierno nos los venden.

Manuel García Félix

Diputado Nacional en el Congreso por la provincia de Huelva