Los Episodios Nacionales

Caricatura de Galdós por Joaquín Moya

Hace más de un siglo, Benito Pérez Galdós escribió sus Episodios Nacionales con el propósito de narrar la historia de España a través de los ojos de quienes la vivieron. Hoy, sin embargo, asistimos a unos sucesos estatales muy distintos, no los de Galdós, sino los de lo que podríamos llamar: la tragicomedia de nuestro tiempo, una serie de acontecimientos políticos que, lejos de enaltecer la memoria de un país, la deforman con despropósitos, mentiras y estrategias de supervivencia que avergonzarían al propio autor canario.

Si el escritor de esos capítulos históricos retrataba con crudeza y realismo el ocaso del Antiguo Régimen, la Guerra de la Independencia o las luchas liberales, en nuestro tiempo nos encontramos con una versión grotesca de esos mismos conflictos: un país en donde vivimos el presidencialismo de un líder que se aferra al poder con la misma tenacidad con la que el absolutismo resistió en el siglo XIX, al más puro estilo fernandino. Pedro Sánchez, se ha convertido en el nuevo protagonista de estos Episodios Nacionales, una especie de narrador omnisciente a lo Gabriel Araceli o Tito Liviano. Se ha propuesto, con éxito, hacer de su gobierno un sainete donde la manipulación de la historia reciente, la concesión al separatismo y el desprecio por la verdad han sustituido el debate político real.

La ha dado la razón por completo a Groucho Marx: La política es el arte de buscar problemas, y aplicar después los remedios equivocados, pocas veces esta afirmación ha tenido más vigencia que ahora. En estos acontecimientos históricos que vivimos, el presidente gobierna con una mezcla de narcisismo e improvisación, prometiendo regeneración mientras indulta a quienes desafían el orden constitucional, defendiendo la unidad de España mientras cede ante aquellos que buscan romperla y, sobre todo, sosteniéndose en el poder mediante alianzas con quienes todavía no han condenado el delito de terrorismo.

Como en los tiempos galdosianos, España vuelve a ser testigo de una política de facciones, donde la nación se sacrifica en el altar de los intereses particulares. Si en el siglo XIX las guerras carlistas dividieron al país entre absolutistas y liberales, hoy Sánchez ha logrado una fragmentación aún más profunda: no hay carlistas ni isabelinos, sino sanchistas y el resto del país. Y todo esto separado por un muro que él mismo se ha encargado de levantar, incluso hasta en su gobierno que está totalmente fragmentado. La lógica de su gobierno no se basa en principios, sino en mantenerse a flote; no en ideales, sino en resistir. El poder no corrompe; el miedo a perderlo sí escribió John Steinbeck, y en la Moncloa esa frase parece haber sido cincelada en piedra.

Galdós, si hoy estuviera entre nosotros, encontraría material de sobra para sus novelas. Quizás volvería a escribir otra con el título de Los tristes destinos, narrando cómo un gobierno que llegó prometiendo grandezas ha terminado reduciendo al país a una marioneta de sus propias contradicciones, en el que se retrata la decadencia del sistema, la crisis social y la incertidumbre del futuro político de España. En cierta ocasión dijo Anthony Hopkins que el poder no cambia a las personas, solo les quita la posibilidad de fingir. Pues ahí va eso dedicado al inquilino de la Moncloa, aunque, le añado la frase de Shakespearean en Hamlet: ¿Quién podría escapar de los azotes de su conciencia? En clara alusión a que la conciencia es el juez más severo. Reflexión también galdosiana adaptada a estos nuevos Episodios Nacionales de la posverdad.

Manuel García Félix
Diputado en el Congreso por la provincia de Huelva.