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Firmas

Caperucita y las tijeras malvadas

-Caperucita, corre, huye bosque adentro, que nos quieren olvidar, y me parece que allí estaremos a salvo.

El lobo gritó así a la niña de la caperuza roja al enterarse a través de Blancanieves de que en un colegio de Barcelona habían decidido que los cuentos clásicos que reposaban en las estanterías de su biblioteca escolar eran nocivos para la salud mental de sus alumnos y alumnas, por sexistas y violentos. Entonces, se fueron avisando unos a otros, la bella durmiente, Cenicienta, y así hasta doscientos más, y se escondieron de la censura en ese bosque de ensueño que tanta felicidad había proporcionado a los niños y niñas de varias generaciones. En una asamblea extraordinaria concluyeron que las personas no eran demasiado listas y, por tanto, permanecerían en ese hermoso lugar creando otros cuentos y dándole la espalda a la estupidez humana.

Es posible que quienes han prohibido a los niños y niñas que lean los cuentos de hadas –así se llaman los clásicos- no hayan gozado con la deliciosa experiencia de leer o contar un cuento a decenas de criaturas que se beben tus palabras, tus gestos; que están disfrutando con lo que se construye en su mente: ese miedo reconfortante que les llega cuando el personaje malvado recibe lo suyo (justicia divina, humana, ley del talión), esa alegría que sienten cuando el bueno es recompensado, ese misterio que emana de la trama, esos ojos siempre inmensos que miran embelesados, agitados, sorprendidos, conforme vas cambiando tu voz, adaptándola al devenir de la narración.

Los maestros y pedagogos, además, podemos paladear su placer cuando los vemos leer. Fui niña- aunque ya esa circunstancia sea tan lejana que la recuerdo rodeada de neblina- y adoraba los momentos del cuento que me regalaba mi tía, que me los leía todos, para mi deleite infantil. Y jamás olvidaré la voz ronca de fumador de mi padre desgranando lentamente mi cuento más amado, “El lobo y los siete cabritillos”.

No me han trastornado esos libros, ni a ningún adulto que conozco, creo. Me parece que en esa artimaña pretendidamente educativa de censurar (cuánto peligro hay en este verbo) libros por considerarlos no adecuados para los niños y las niñas hay mucho de estulticia y de postureo, de ignorancia y seguir modas porque sí, porque es estiloso decirle a los demás lo que tienen que pensar, sentir, ser. Eso sí que da miedo.

Un cuento, sin embargo, es un disfrute para los sentidos al que se le puede sacar rendimiento incluso si se considera no apropiado. Cuántas veces he contado cuentos clásicos por pura diversión mutua. Y cuántas también los he aprovechado para reflexionar sobre el papel de la mujer en aquellos siglos y en la actualidad, para pensar en los roles de género, y en la solución de los conflictos mediante el entendimiento. De ahí han venido otros finales, hemos jugado con los personajes, nos hemos disfrazado, hemos realizado teatro, hemos ampliado vocabulario, así como mil actividades lúdicas y didácticas más.

Y qué harán después de esa absurda eliminación. ¿Extender ese acto terrible a los demás colegios del país? Pobres niños y niñas de España, huérfanos de historias y personajes entrañables. Los cuentos clásicos van en nuestros genes, habitan en nuestros sueños, juraría que lucen en nuestras miradas cuando nadie nos ve. La censura no es cultura. Las tijeras, que sólo sirvan para hacer trajes preciosos a los príncipes y princesas que vuelan con sus maravillosos pasos de baile a los palacios y los bosques más hermosos del mundo, los que nunca podremos olvidar porque reinan en nuestras sonrisas infantiles, y ésas- ya lo sabemos- se alojan en los corazones de los valientes lobos malos y los taimados lobos buenos. Esas sonrisas habitan en la memoria del mundo.

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