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Feria Taurina 2020
Firmas

De la ‘nueva censura’ a la ‘caza de brujas’

Corren malos tiempos para la libertad de expresión. Lo ‘políticamente correcto’, definitivamente, se nos ha ido de las manos. Lo que para muchos no ha sido más que un chistecillo fácil, carne de cañón para los programas de parrilla, se ha revelado en los últimos tiempos como un enemigo formidable, el más peligroso, para los sistemas democráticos. No estoy hablando ni de los mercados ni de los ‘poderes fácticos’ de turno, empleados con ligereza por los políticos de uno u otro signo para apuntalar un discurso apto para la digestión de las masas. Me refiero a la dictadura de lo políticamente correcto, correa de transmisión de una ideología que a día de hoy ha enraizado en medios e instituciones: el ‘buenismo criminal’.

Se trata de un planteamiento que ha re-elaborado los antiguos
impulsos inquisitoriales que con tan augustos resultados impusieron las autoridades católicas y protestantes en el Medievo y la Edad Moderna, engrasado con las doctrinas totalitarias de los siglos XIX y XX, carburado con el posmodernismo ‘kischt’ de la generación ‘millennial’ y apuntalado con el pataleo malcriado de la llamada ‘Generación Z’. En la que me incluyo, por cierto, sin hacer míos los nuevos rigorismos ideológicos.

El producto acabado, sin una definición clara pero con una fuerza fuera de toda duda, pasa por el aniquilamiento de cualquier razonamiento crítico o racionalidad argumentada en pos de un sentimentalismo febril y fanático que localiza, persigue y destruye al discrepante, en el proceso imparable de su establecimiento como verdad de verdades en la comunidad mística esclava de las minorías privilegiadas que ahora se cobran su venganza histórica.

No se trata de un mero fenómeno social, ni de algo que se extienda
sólo por España. Como todo virus totalitario, ha infectado a todas las sociedades del planeta, si bien los síntomas varían de un lugar a otro.

Sus principales impulsores han sido partidos políticos, grupos de presión y lobbies autodefinidos como ‘progresistas’, manto bajo el cual han escondido la perversión liberticida de sus planteamientos, herederos de las ideologías más sanguinarias y destructivas que ha padecido la humanidad.

El cinismo hiriente de quien enarbola el estandarte de la tolerancia a la vez que defiende regímenes, líderes e ideas que han dejado un rastro largo de millones de cadáveres desafía todo cómputo. Los tiempos cambian y ya no llegamos a tanto. Pero la pulsión autoritaria sigue ahí.

Muestra de ello es la coacción continua de estos grupos hasta el punto de obligar a instituciones públicas y privadas, televisiones, escuelas, universales, empresas y, en definitiva, componentes de una sociedad civil que debiera caracterizarse por la libertad de acción y de criterio, a imponer su ideología o verse sometidas al acoso materializado en el matonismo político, ya sea en las calles o en las redes. Imperceptiblemente, nos hemos ido acomodando a la censura y a la renuncia a tener criterio propio. Un ejemplo de manual del ‘efecto de la rana hervida’. La nueva discriminación
por género hacia el hombre, el establecimiento de privilegios para las minorías ‘empoderadas’ por grupos políticos interesados, el monopolio de la condición sexual para hacer ideología, el racismo y el sexismo a la inversa y un largo etcétera.

El resultado está a la vista de quien no pretenda seguir fingiéndose
ciego. Desde la retirada por parte de HBO de esa obra maestra que es ‘Lo que el viento se llevó’ por ‘racista’, hasta los nuevos manuales de ‘lenguaje inclusivo’ editados por los gobiernos, previa decoración con la bandera del ‘homosexualismo ideológico’ (que ha dejado de ser inclusiva para convertirse en un instrumento de propaganda política) de buzones, coches y furgonetas.

Como todo planteamiento decidido a aniquilar la autonomía del sujeto, este en particular se ha agarrado como una lapa a la necesidad de ejecutar su particular ingeniería social para someter a las personas comunes a un lenguaje que no es otra cosa que una imposición ideológica extremadamente severa. Una arista más de un programa complejo, que ha incluido la ideologización de las escuelas públicas y de las universidades, donde los ‘nuevos’ científicos sociales reniegan del conocimiento científico encaminado a la formación de ciudadanos libres y críticos para propagar un programa político dirigido a convertir a los jóvenes, que en el futuro tendrán nuestro futuro en sus manos, en activistas ideológicos y súbditos del pensamiento único.

Muchos, por miedo a ser motejados como ‘machistas, ‘homófobos’,
‘racistas’, ‘fascistas’ o ‘hijos del patriarcado’, se han autoadoctrinado en esta nueva fe fanática, tratando de convencerse de que lo que en realidad es una renuncia a su capacidad crítica no es más que la evolución intelectual lógica en un mundo cuyos valores cambian.

Mas es preciso dejar claro algo: progresismo es tan sólo aquello que impele al ser humano a progresar dentro de los márgenes de la libertad individual, del Estado de Derecho, de la democracia y de la justicia. Nunca, aunque se haga llamar como tal, podrá serlo una doctrina o una tendencia social conducente a señalar y perseguir a
quienes se nieguen a entrar en un molde determinado. Como tampoco lo serán los movimientos o partidos políticos cuya praxis incluya la ‘caza de brujas’ contra quienes les lleven la contra o, simplemente, se nieguen a ser un veleidoso y mediocre altavoz propagandístico. El actual caso de Vicente Vallés impone tal severidad que huelga decir nada más.

Somos presa de una epidemia de locura colectiva, en la que la censura de películas, libros, series, comentarios, programas y otras fórmulas de expresión están siendo siniestramente aceptadas. Tanto más trágico por cuanto que esta censura a veces es autoimpuesta para ‘no crear problemas’.

El miedo se ha extendido hasta tal punto que quienes antaño de jactaban de ejercer su libertad con desparpajo, ahora callan cobardemente por no ofender a los nuevos dictadores de la moral pública. Una moral puritana, castrada, gris y estéril. Nos damos cuenta, con pesadumbre, de que tras tantas vueltas e idas y venidas, no nos hemos movido ni un milímetro de la casilla de salida.

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