De Trotsky a Errejón

Cuando en agosto de 1940 el español Ramón Mercader incrustó un piolet en la cabeza del exlíder bolchevique, León Trotsky, arrebatándole la vida, la maquinaria de la mitificación comenzó a rodar al instante. Ya había hecho de las suyas antes. Al saldarse la lucha de poder en la Unión Soviética tras la muerte de Lenin en 1925 con la victoria del Stalin en 1929, el propio Trotsky, primero exiliado a Kazajstán y después expulsado del país para dar a parar con sus pies a México, no tardó un minuto en forjar su propia leyenda. La catarata de críticas contra el régimen de Stalin enmascaró una realidad que millones de personas que ahora eran esclavas de la dictadura del georgiano conocían muy bien: que Trotsky, ahora fuera de juego en las líneas políticas soviéticas, había sido uno de los principales gestores de una dictadura que con Stalin alcanzó un volumen de represión que sólo superó cuantitativamente, aunque no cualitativamente, lo que los revolucionarios comunistas rusos había hecho desde el Octubre rojo de 1917.

Trotsky fue uno de los más firmes y duros impulsores del terror de masas a gran escala y de la Dictadura del Proletariado (en realidad, la dictadura del partido comunista), hasta el punto de que consagró un ensayo al tema, Comunismo y Terrorismo, escrito durante la guerra civil rusa, en el transcurso de la cual se erigió como creador y líder del Ejército Rojo, una máquina militar eficaz que fue instrumento -como años después lo sería la Wehrmacht para los nazis- de los comunistas para sus genocidios por razón de ‘clase’ según iban ocupando territorios. Explícito en sus propósitos, elogió el Terror durante la Revolución Francesa y alabó la Guillotina como invento y fórmula de resolución de conflictos sociales. Así como no dudó en amenazar a la facción de Stalin dentro del Partido Comunista con fusilamientos y ejecuciones en caso de alzarse con la victoria en la lucha por el poder. El cazador cazado. Pero la verdad impoluta.

Algo similar aunque, por fortuna, no a una escala tan dramática, sucede entre Más País y Unidos Podemos. O más concretamente, entre Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. Porque, a fin de cuentas, como en el caso de los soviéticos, por mucho materialismo dialéctico que es ponga encima de la mesa, son las relaciones individuales, más que las abstractas causas estructurales, las que determinan el devenir de nuestra existencia. Una forma elegante de aludir a la lucha de egos, que es de lo que se trata. Algo que el lector podrá comprobar sin demasiado esfuerzo a la hora de comparar las propuestas programáticas de Más País (https://maspais.es/acuerdo-verde) con las de Unidos Podemos (https://podemos.info/programa/). Prácticamente iguales. Aunque, programa arriba, programa abajo, los españoles andan ya escarmentados, y conocen perfectamente el tipo de ideología que impulsa a cada cual. Las medidas y los propósitos se modifican con asombrosa rapidez, sabiendo como sabe nuestra flamante clase política, que nuestra memoria es frágil. Pedro Sánchez se ha elevado el nivel de esta práctica, al demostrar de manera palmaria que se puede ser una cosa y la contraria, y lograr que te voten en masa.

El difícil parto de Más País deja clara una cosa a gritos: que no es nada nuevo. Muchos esperan de esta formación una suerte de izquierda más allá de la socialdemocracia pero que rehuya el bolchevismo fosilizado del apparátchik del que inevitablemente Pablo Iglesias no ha podido sustraerse, curiosamente, aunque gran parte del éxito inicial del Podemos se debió precisamente a la imagen fresca que trajo dejar las banderas comunistas y de la Segunda República en casa. Y se van a sentir decepcionados con tan sólo consultar el BOE y comprobar que el 70% de los candidatos que se van a presentar en las 18 circunscripciones con las que va a jugar Errejón para sacar algo (las que más votos a Podemos produjeron en abril) son ex de la formación que pilota Iglesias. Entre los que se incluyen Juan Antonio Geraldes, candidato por Barcelona cercano al soberanismo y que se presentó en las elecciones municipales en una plataforma que también integró la CUP; o Isabel Serrano Durán, comunista radical que gusta de posar junto al retrato de Stalin, fotografía esta que fue empleada por los suyos para felicitarla por haber obtenido la candidatura por la formación de Errejón. Nada nuevo bajo el sol.

¿Qué es en definitiva Más País? Si Podemos no fue más que una ideología muy antigua presentada de manera hábil con un formato muy nuevo, Más País es el reducto de los purgados por esta ideología antigua que pretende repetir la hazaña. Pero tal y como funciona nuestra ley electoral, que todavía nadie se ha puesto de acuerdo para reformar, lo más probable es que meta cuña dentro del espectro de la “izquierda” pero que no facilite la suma de escaños, e incluso incida en su bajada al fraccionar la concentración del voto. El leitmotiv de la nueva formación política es dar cabida dentro de un mundo del que se vieron repentinamente apartados a los perdedores de Vistalegre II. Pero no ofrece más, a pesar de lo bien que sepa venderse Errejón por televisión. Como ha quedado patente tras la polémica ‘rebelión’ iniciada por Clara Serra, antigua número dos para la Asamblea de Madrid. Señaló con claridad los vicios del proyecto: el hiperliderazgo y la copia de la ‘cultura del enemigo interno’, precisamente lo que ha acabado por erosionar a la formación madre.

Errejón, como Trotsky, no se diferencia en absolutamente nada de su rival. Por mucho que traten de blanquear a posteriori su imagen por motivos propagandísticos. Ambos son hijos de una misma cultura política, la de la konspiratsia, brillantemente definida por el biógrafo de Stalin Simon Sebag Montefiore, que consiste en la entrega absoluta a una cusa por encima de cualquier consideración personal, fermentando una formación de revolucionarios profesionales, disciplinados y autoritarios, que viven en la conspiración permanente y desarrollan una piscología de ‘detección del enemigo’ y purga constante para mantener la pureza ideológica, muy en la línea de las sectas o de las órdenes religiosas. Este ADN ha estado presente en todos los militantes comunistas y afines, y se ha manifestado en las purgas y limpiezas inherentes a los regímenes que han encarnado esta ideología. Errejón e Iglesias, como Trostky y Stalin, fueron amamantados por y educados en esta lógica. Esta es la razón por la que ‘la izquierda’, siempre está dividida, precisamente por su intolerancia congénita a la mínima discrepancia, que la eleva al cisma y provoca la ruptura y la guerra.

Más País no puede ni podrá sustraerse a esto, como bien saben sus promotores. Dependerá de los votantes sellar su destino.