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El consuelo de los valientes

Los niños y los maestros realizan una suerte de danza ancestral, una conjura al vacío de la ignorancia en la que nacen los conceptos del mundo.

La enseñanza, así entendida, es un arte natural. Ahora, más que nunca, constituye un ejercicio de riesgo vital. En un tiempo en que habría que estar resguardados en casa, nuestros ocho millones de niños, pertrechados bajo capas de mascarillas y litros de geles higienizantes, deben acudir a centros educativos masificados a jugar con su salud y la de sus familias, porque la evidencia científica asevera que el virus está en el aire (los famosos aerosoles) y que además no para de crecer.

Sus docentes también arriesgan la piel, mucho, muchísimo -aulas atestadas de criaturas- abandonados por gestores políticos que miran al cielo quizá rezando para que esto pase pronto y se les solucione así la papeleta. Pero no. El bicho malo crece imparable y exponencialmente.

Ya no aplaudiré a nadie a las ocho de la tarde y, sin embargo, tengo de fondo, como un run run que no cesa de pellizcarme el corazón, mi gratitud a los equipos directivos que tanto trabajan para organizar lo imposible, mi admiración por mis compañeros, los maestros que padecen este despropósito de la enseñanza presencial porque sí, a degüello, mientras comienzan a fallecer centenares de personas a diario por Covid.

Sin aplausos, porque ya nadie los quiere, y con razón, me enternezco al recordar a los niños, ellos, condenados a que les cierren sus lugares de juego, los parques, pero se les empuje hacia las aulas, coronavirus silentes, aire viciado, más que nunca jaulas.

De esta situación peligrosa y rocambolesca, rescato la imagen de los niños y sus docentes en ese baile atávico de la enseñanza.

Porque seré maestra, sin serlo ya, hasta el día en que muera, porque necesito el consuelo de los valientes, y ellos, mis niños y mis maestros, representan en estos tiempos aciagos lo más genuino y hermoso de la vida.

(Firma: Fátima Javier)

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1 Comentario

  1. Un artículo que toca un tema realmente sensible y preocupante. Pero además es una realidad que se globaliza. Y ante esta situación el estrés y las tensiones se acumulan, crecen y se expanden tan o más rápido que el nuevo coronavirus. Ojalá esta pesadilla de casi un año termine pronto. Esta pandemia llegó para robarse el 2020 y dejar el susto para el 2021, en espera de una vacuna que le ponga fin.

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