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El enigma Lukashenko

Protesta en Bielorrusia / A_Matskevich - Pixabay

DE DÓNDE VENIMOS…

Alexander Lukashenko, conocido como ‘el último dictador de Europa’ -aunque dicho título informal no se corresponda con la realidad- ha respirado tranquilo mientras ejercía de autócrata autocomplaciente desde que la disolución de la Unión Soviética en 1991 abriera las puertas a la independencia de Bielorrusia. Criatura, como Putin, de la larga dictadura comunista que se cernió sobre Rusia y el resto de territorios anexionados desde octubre-noviembre de 1917, el desplome de aquella construcción artificial que fue la URSS no movió un pelo a Lukashenko, que desde que se alzara con la victoria en las elecciones de 1994 ha impuesto un cruel régimen dictatorial directamente inspirado en las prácticas soviéticas. Las continuas invocaciones de la etapa estalinista se adivinan casi al instante cuando uno se detiene a observar la imaginería y la escenificación de la liturgia del régimen.

Al igual que algunos regímenes comunistas que florecieron en la zona cuando el Ejército Rojo expulsó a los alemanes de Europa Oriental para sustituir una tiranía por otra, el sistema político de la Rusia Blanca (que es lo que significa Bielorrusia) también se ha revestido con los ropajes de la democracia. Pero hasta ahí han llegado los escrúpulos cosméticos. El mismo sátrapa declaró sin tapujos en 2012: ‘Soy el único y último dictador de Europa (…) Has venido aquí y has visto a un dictador viviente. ¿Dónde más podrías ver uno?’ Y que sus continuas re-elecciones hayan sido fruto del fraude electoral más descarado no parece que tampoco vaya a incomodarle. En 2006 sentenció sin tartamudear: ‘Hemos manipulado las últimas elecciones. El 93´5% votó por Lukashenko. Pero dicen que no es un resultado europeo. Así que lo hemos bajado al 86%’. No es de extrañar que los últimos comicios de este mes de agosto 2020 se hayan saldado igualmente con la victoria del dictador.

… A DÓNDE VAMOS.

Pero la cosa ahora pinta diferente: al dramático exilio en Lituania de la principal líder de la oposición, Svetlana Tijanovskaya, se le ha añadido la dura represión de las protestas de los ciudadanos bielorrusos, que se han saldado, según cifras ofrecidas por la propia dictadura, con 6.700 detenidos. Todo esto en un país cuyo régimen carcelario ha sido denunciado por Amnistía Internacional y que, a tenor de la información proporcionada por la misma organización, todavía sigue aplicando la Pena de Muerte prevista en su Código Penal. A priori, todo parece corresponderse con las situaciones vividas en otras repúblicas exsoviéticas: las protestas contra los regímenes autoritarios sometidos a Moscú derivan en una rebelión abierta que el Kremlin ataja por medio de la intervención militar directa o del apoyo logístico-militar a grupos rebeldes que se hacen con el control de determinadas zonas del país y las mantienen en un estado de independencia ‘de facto’. Sin ir más lejos, ahí tenemos los escenarios desarrollados en Ucrania o el Cáucaso, especialmente en Georgia.

La política de Rusia en lo que respecta los países del espacio post-soviético ha sido, en esencia la misma: mantenerlos dentro de su esfera de influencia atándolos en corto, independientemente de que fueran democracias o no. Se ha servido para ello de su ascendiente militar y de la existencia de minorías rusas dentro de dichos países que se quedaron allí tras la implosión de la URSS. Y es cuando las élites políticas han sacado los pies del tiesto cuando Moscú ha optado por intervenir. La situación se complica ahora por cuanto la Unión Europea no reconoce los resultados electorales y ha condenado la represión de las protestas. Dichos resultados tan sólo han sido admitidos como frutos de un proceso electoral garantista por amigos de los Derechos Humanos tales como la misma Federación Rusa o la República Popular China.

Sucede que el régimen de Lukashenko se sostiene en base a dos pilares esenciales: uno) el apoyo del Ejército y de una fiel Policía Política, y dos) la amistad con Putin, la cual ha helado las inspiraciones revolucionarias de los opositores durante décadas. No obstante lo anterior, el Kremlin tampoco ha disimulado nada su intención de anexionarse, en un futuro poco definido, a Bielorrusia como parte del territorio de Rusia. El que parte del gas que se exporta a la Unión Europea pase por el territorio de la pequeña república hace la situación más delicada si cabe. No sólo eso, sino que una economía como la bielorrusa, aislada y carente de competitividad, ha sido carne de cañón para el colonialismo económico ruso: Rusia lleva décadas vendiendo petróleo a Bielorrusia por debajo de los precios de mercado para mantenerla en el redil. ¿Excesiva generosidad por parte de Putin? En absoluto: el suministro de petróleo se condicionó a la aceleración de los trámites para la unión entre Rusia y Bielorrusia. Mientras tanto, Lukashenko sacó tajada adaptando su economía a la transformación de combustibles fósiles. Y, dado que Lukashenko, como buen dictador, no estaba por la labor de verse reducido a la categoría de un mero satélite de una potencia mayor, retrasó el tema todo lo que pudo. ¿El resultado? Los rusos amenazaron con cerrar el grifo, hundiendo así a la economía bielorrusa, amenaza que cumplieron. Bielorrusia, movió ficha negociando con Estados Unidos importaciones de petróleo a la par que ha amenazado a Rusia con la confiscación del crudo que pasa por el Oleoducto de Druzhba, que discurre por su territorio y a través del cual Moscú exporta a Europa. Así las cosas, las relaciones entre ambos países se hallaban en el punto más caliente a comienzos de 2020 cuando, de repente, estalló la crisis.

PERO… ¿Y PUTIN?

El ‘Enigma Lukashenko’ no puede abordarse si no resolvemos primero el ‘Enigma Putin’. Todo el panorama internacional lleva estos días pendiente del próximo movimiento del mandatario ruso. Y lo cierto es que, más allá de declaraciones más o menos explícitas de intervención militar si la situación se hiciera insostenible, esta no ha terminado de concretarse aún. Por extraño que pudiera parecer, y valorando escenarios similares en situaciones no muy diferentes -como el caso de Crimea sin ir más lejos- la caída de Lukashenko puede ser incluso beneficiosa para el Kremlin. En definitiva, se trata de un aliado incómodo que se niega a ceder a sus presiones y que ha decidido realizar incursiones diplomáticas imprudentes fuera de la esfera de influencia en la que se movía hasta su choque por el asunto del petróleo.

Es aquí donde juega un papel fundamental la oposición. Su líder, Svetlana Tijanovskaya, ha dejado clara su actitud prorrusa. De ser así, la situación podría dar un vuelo similar a lo acontecido en Armenia, donde la Revolución de 2018 dio lugar a la implantación de un sistema democrático y cuyo actual líder ha estrechado sus lazos con Rusia. Es así que Moscú se abstuvo de intervenir y, por el momento, parece contenta con el resultado. De esta manera, Putin baraja la posibilidad de mantener e incluso de aumentar su influencia dentro de una Bielorrusia democrática, en contraposición al marchito régimen de Lukashenko, que ya no es de fiar y que cuenta con un apoyo popular cada vez más débil.

¿Cuál es la postura más beneficiosa para él? Prepararse y esperar. Si las Fuerzas Armadas y los cuerpos policiales dan la espalda al dictador y deciden apoyar a la oposición, y esta oposición garantiza unas relaciones amistosas con Rusia y se compromete a sortear el escollo planteado por el crudo, no es descartable que se opte por apoyar la transición democrática y recoger los frutos. Por el contrario, si la oposición se revela impotente, inoperante o fracasada, y Lukashenko logra obtener ventaja, bien puede Moscú entregar un apoyo militar al dictador a cambio de un mayor sometimiento, resolviendo de esta manera el contencioso que les ha distanciado en los últimos tiempos. ¿Qué sucederá? No podemos saberlo. Pero las opciones más viables que se plantean son las que se han mencionado. Será el desarrollo de cada una de estas variables lo que decidirá el destino del ‘último dictador de Europa’.

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