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El suicidio

Imagen de Ulrike Mai en Pixabay

Subió al cuarto de puntillas por la escalera de mármol. Le había extrañado el beso emocionado que le dio a su hijo, el que tenían en común. Oyó un chasquido de metales. Su marido estaba cargando la escopeta. Lo sabía, conocía ese sonido que anticipaba cacería y que le era tan familiar por la afición de su padre. Temblando, se apoyó en el quicio de la puerta y atinó a gritar: «¡No!» justo en el momento en que él se dirigía el cañón hacia la boca en una suerte de movimientos raros para llegar a accionar el gatillo. La contempló extrañado, como el que regresa de alguna guerra ajena, obedeció despacio y soltó el arma. Ella no supo qué más decir.

Diez personas se suicidan en España a diario, según datos oficiales. De eso no se habla, por aquello de que «si no lo nombras, no existe». Y así nos llevamos, con un país arrasado por el dolor de pérdidas evitables si existiese un buen plan de actuación en nuestra Sanidad Pública de tratamiento y seguimiento de personas desahuciadas emocionalmente, atrapadas por la pena, con familiares y amigos que asisten, impotentes, a ese camino sin retorno cuyos caminantes no saben tomar otras veredas porque se sienten solos y al límite de todo.

El suicidio es el último refugio de los que están colgados como un espantapájaros clavado en el centro de la ciudad. Nadie sabe, no hay protocolos de intervención, sólo pastillas que no calman dolores que anidan en la piel del corazón. En el tercer mundo no se mata apenas nadie, quizá porque no tienen nada, y únicamente saben vivir al día.

En el primer mundo, la gente se suicida porque es infeliz, pero, un momento… ¿No lo tenemos todo para ser felices? Resulta que no. Que hay abundancia de cosas materiales, de distracciones vacías, de frasecitas de Mr. Wonderful que alivian malestares, pero parece que no, que eso es impostado.

Poseemos demasiadas boberías y no lo esencial: la educación de las emociones, una inversión de la pirámide de las prioridades vitales, unos Gobiernos que no asfixien económicamente, unas Administraciones eficaces en la atención psicológica de los que lloran de manera eterna.

Ojalá algún día la vida empiece a ser más seductora que la muerte.

Y también es importante, claro, que se mueran los malos y dejen tranquilos a los buenos, de manera que la vida se parezca más a una película llena de justicia poética.

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