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El triángulo rojo

A Pablo Iglesias y a Alberto Garzón les gusta acudir a la Historia para legitimar su discurso. Como a los comunistas y a los socialistas en general. O, más bien, a la manipulación de la Historia de verdad -que es la que hacen los historiadores profesionales- en favor de una propaganda machacona que, dado el nivel cultural con que la maltratada Educación Pública deja a los jóvenes, cala como la lluvia húmeda de otoño. El espectáculo no se ha hecho esperar, y es que Iglesias y Garzón han acudido a jurar sus cargos gubernamentales con un triángulo rojo invertido en la solapa, símbolo, como ellos dicen, de la ‘lucha anti-fascista’. Desde el período de entreguerras, los comunistas y los socialistas han patrimonializado este término, haciéndolo asimilable a su ideología.

No fue algo espontáneo, sino una política fríamente calculada por la Komintern, la Internacional Comunista soviética o Tercera Internacional ideada por Lenin para someter a todos los partidos comunistas del mundo a las directrices de la política exterior de la URSS. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Stalin y los suyos tuvieron mucho que ocultar y algo más que maquillar. Es por ello que Georgui Dimitrov, el comunista búlgaro Secretario de la Internacional Comunista hasta que Stalin la disolvió en 1943, ideó una estrategia magistral que, aun a día de hoy, tiene predicamento entre una mayoría de desconocedores de esta cuestión: asimilar el ‘nacionalsocialismo’ al ‘fascismo’, aun siendo ideologías diferentes, para emplear el término ‘fascismo’ como un instrumento condenatorio genérico y poco concreto, que permitiera, por un lado, meter dentro de él a cualquiera que no fuese comunista, y por otro, eliminar el término ‘socialismo’ del ‘nacionalsocialismo’ dentro del instrumento de condena. Es por eso que hoy día se señala como ‘fascista’ a todo aquél que no comulgue con las ideas socialistas y comunistas.

Pero aún más lejos fueron los comunistas soviéticos. La guerra contra Hitler les había dotado de una legitimidad en la diplomacia internacional de la que hasta ese momento carecían, de manera que pudieron emplear una triquiñuela psicológica muy inteligente: si el ‘anti-fascismo’ es ‘democracia’ porque las democracias occidentales se han enfrentado contra Hitler y Mussolini, la URSS, que es la potencia que ha decidido la guerra contra los nazis, es el exponente máximo de la ‘democracia’; y como ‘democracia’ es ‘anti-fascismo’, el comunismo, que es ‘anti-fascista’, es igualmente el exponente máximo de la ‘democracia’. Por eso, cualquiera que se oponga a los comunistas es un ‘fascista’. Y por eso, Iglesias y Garzón acuden a la toma de posesión con el triángulo rojo invertido que en los campos de concentración nacionalsocialistas se empleaban para distinguir a los prisioneros políticos, dando a entender que son luchadores ‘antifascistas’ contra un sistema ‘fascista’, que está en contra de lo que ellos representan.

Pero esconden varias verdades que deben saberse para comprender en toda su magnitud la hipocresía y el cinismo criminal del gesto:

1. El Fascismo y el Nacionalsocialismo derivan de una interpretación nacionalista del marxismo en conjunción con la adopción del Nacionalismo por parte de la izquierda revolucionaria y por la renuncia a la revolución proletaria de sectores del socialismo reformista. Por tanto, los nazis y los fascistas son socialistas revolucionarios y, por lo tanto, anti-capitalistas.

2. Estas dictaduras copiaron el modelo comunista de tiranía del Partido Único, que impone su visión del mundo por medio del terror. No en vano, los Estatutos de la GESTAPO nacionalsocialista están copiados de lo de la CHEKA, la policía política de Lenin precursora del NKVD de Stalin y del famoso KGB que todos conocemos.

3. Hitler pudo llegar al Poder porque los soviéticos prohibieron a los comunistas alemanes llegar a una alianza parlamentaria con los socialdemócratas que le hubiera arrebatado la mayoría, puesto que su propósito era que los nacionalsocialistas llegaran a gobernar con el objetivo de que estallara una guerra en Europa que permitiera la expansión posterior del comunismo en este escenario, como así sucedió.

4. Los Comunistas y los Nacionalsocialistas pactaron una Alianza para invadir Polonia y repartirse Europa del Este, ratificada primero con el Pacto Germano-Soviético de agosto de 1939, y después con el Tratado Germano-Soviético de Amistad, Cooperación y Demarcación de septiembre de 1939 (ya comenzada la guerra), que Stalin empleó para anexionarse los Estados Bálticos, la región de Besarabia perteneciente a Rumanía e invadir Finlandia.

5. En virtud de esta alianza, las SS y el NKVD llevaron a cabo operaciones conjuntas para el asesinato de enemigos políticos, lo que implicó que los comunistas soviéticos deportaran a Alemania numerosos comunistas alemanes exiliados y judíos que huían a la zona soviética en busca de cobijo, desconocedores de que comunistas y nacionalsocialistas coordinaron de manera conjunta la deportación en masa de judíos para ser concentrados en guetos.

Alberto Garzón, miembro como es del PCE, debe saber igualmente que este partido apoyó la invasión soviética de Polonia en 1939 junto a los alemanes. Y lo hizo en 1940 a través de las páginas del semanario ‘España Popular’, que se editaba en el exilio en México, y en el que Dolores Ibárruri, ‘La Pasionaria’, describía a Polonia como ‘cárcel de pueblos, República de campos de concentración, de gobernantes traidores a su pueblo’, lo cual no dejaba de ser irónico dada su adscripción a un sistema político que para esas fechas había asesinado impunemente a millones de personas y había encerrado en campos y cárceles a otras tantas. Y Pablo Iglesias, abanderado de la ‘democracia’ y de los ‘derechos humanos’ cuando le conviene, haría bien el revisarse la historia más reciente, y así comprobar que los comunistas de la Europa Ocupada por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial apoyaron a los nacionalsocialistas saboteando la resistencia en sus respectivas patrias al servicio de Moscú, hasta el punto de que, en Francia, fueron liberados de las cárceles por los invasores y pudieron seguir publicando con libertad su periódico L´Humanité.

Y aquellos fácilmente impresionables por estos gestos vacíos y carentes de sentido en los tiempos que corren, tampoco harían mal en investigar un poco y asumir una realidad siniestra: que el Ejército Rojo de la URSS de Stalin violó y asesinó a millones de mujeres en su camino hacia Berlín, reclusas esqueléticas judías de campos de concentración inclusive. Así como que los comunistas eliminaron físicamente y encerraron a la oposición que anti-nazi que había peleado contra los invasores alemanes y que se disponía ahora a ser oposición anti-comunista y combatir contra los nuevos invasores soviéticos. Para imponer el Comunismo en Europa del Este, los soviéticos destruyeron el Armia Krajowa o Ejército Nacional polaco que llevaba desde 1939 peleando y que se había convertido, junto con el yugoslavo, en el movimiento de resistencia más importante de toda Europa. Organizador del Levantamiento de Varsovia en 1944 que fue liquidado por los alemanes con la complicidad de los soviéticos, que retuvieron a sus tropas después de la Operación Bagratión a la espera que los nazis acabaran con un movimiento de oposición que podía suponer también una amenaza para ellos.

Después de la derrota de Alemania en 1945, miles de prisioneros que habían estado en campos de concentración nazis acabaron en campos de concentración comunistas. En Polonia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Checoslovaquia, los Estados Bálticos y el territorio que después configuraría la RDA, los opositores políticos que habían levantado la voz contra Hitler fueron pasados por las armas por Stalin y los suyos. Miles más continuaron con una lucha condenada al fracaso, toda vez que en Yalta se había dejado claro que Europa del Este constituía coto exclusivo soviético y que lo que pasara allí era sólo asunto suyo. Millones de personas murieron en una lucha tan heroica como anónima, asesinados por los padres ideológicos de los que hoy acuden a formar gobiernos en las democracias con pines en las solapas para declarar su apoyo a la lucha contra una ideología genocida cuando apoyan a otra igual de asesina.

Debe el lector preguntarse ahora, ¿cuál es la catadura moral de estos individuos?

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