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El universo de Carlos Berlanga vuelve a Sevilla

Ayer era jueves y, por tanto, era día de milagro berlanguiano en Sevilla, esta ciudad que nunca sabremos si francamente le resultaba tan exótica como Manila a Jaime Gil de Biedma ya que, bien podría aventurarse hoy, su pulsión de las ciudades siempre estuvo determinada en su fondo y forma por las relaciones sd corte erótico o sentimental vividas en unas u otras. Y tal vez porque yo estuve interno en Sevilla durante mis años más tiernos, volver para presentar ‘El eterno retorno’ de Carlos Berlanga tuvo algo de ajuste de cuentas con esta ciudad, y con los volcanes impredecibles de la vida…

Ya que el nombre de aquel internado llamado Portaceli remitía a la puerta del cielo, pero en mi vida se quedó grabado para siempre jamás como antesala del infierno que Campillos supuso para mí en los cuatro años siguientes, mientras en la tarde de ayer ofrecía una visita guiada por la exposición berlanguiana al alcalde de Sevilla y a Isabel Ojeda, jefa del área de Cultura, no pude evitar que una extraña emoción me embargase al referir que fueron los infiernos personales de Carlos los que, a la postre, determinaron que cambiara el trazo de mi vida con aquel viaje a México del otoño de 1987.

Si en aquella reunión de Dinarama con Alaska y Pito, en la que éste se vió obligado a aceptar el órdago de Carlos -«Yo sólo iré de gira a México si puedo llevar a Blanca Sánchez de asistente»- para mantener en pie su proyecto de que el grupo cruzase el charco para empezar la conquista de América, Nacho no echara un pulso más -«Pues si Carlos puede llevar a Blanca, yo quiero que Pablo venga conmigo»- mi vida no habría sido la que es y, por tanto, ayer tarde yo no habría estado en Sevilla ni ahora me podría dedicar a rememorar aquellos años con tanta nostalgia que ya ni me cabe entre pecho y espalda.

Ni habría sentido la dolorosa espina del recuerdo nuevamente cuando, al llegar ante la obra con la que Blanca está presente en la sección ‘El arte alrededor de Carlos Berlanga’, leí en voz alta lo que ella escribió como si le preguntara a esos dioses tan paganos como los del Olimpo de Gil de Biedma, según sentencia del tiempo (**), y al resto del mundo por derivación, sin esperar la respuesta a su pregunta más inocente, y a la par más profunda, vista con los ojos y la experiencia que va de ayer a hoy: «Y si me vuelvo loca, qué hacemos?»

(Imágenes: Facebook de Pablo Sycet)

Pablo Sycet
Pablo Sycet (Gibraleón / Huelva, 1953) es uno de los pintores andaluces imprescindibles de su generación -la de los años 80-, posiblemente la última generación de artistas para los que la pintura ocupa un papel central. Sin perder de vista en ningún momento esa centralidad de la pintura, a lo largo de tres décadas continuada de trabajo, la labor creativa de Pablo Sycet se ha ido desplegando en un amplio abanico de campos complementarios: la edición, la tipografía, el diseño gráfico, la fundación de galerías de arte, la organización de exposiciones, las letras de canciones, la producción musical... En otro orden de cosas, Pablo Sycet ha sido un puente fundamental tanto desde el punto de vista geográfico como desde el punto de vista generacional. Geográficamente hablando, por él han circulado buena parte de los caminos que han unido Andalucía y Madrid durante estas décadas. Aunque su residencia habitual ha sido madrileña, nunca ha renunciado a sus vínculos andaluces y especialmente granadinos, muy al contrario, siempre ha intentado reinvertir allí, en Andalucía, metafóricamente hablando, y a veces incluso monetariamente, lo ganado y aprendido en Madrid. Desde el punto de vista generacional, también ha sido un puente generoso y desprendido entre los artistas de las generaciones anteriores a la suya -de Gordillo a Guerrero- y las posteriores, incluidos los jovencísimos artistas emergentes de este mismo momento.

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