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El vil atropello

Como ya saben los lectores más fieles de estos postigos, quien los redacta y cuelga aquí cada mañana tiene querencia por los cementerios y, por tanto, es una visita de obligado cumplimiento en cualquier destino al que la vida me lleve porque, al menos para mí, definen más y mejor el alma y gusto de los habitantes de cada ciudad que buena parte de los lugares y monumentos que recomiendan las guías turísticas. Y si regresara a esas tierras y sus cementerios me hubieran dejado una grata impresión, muy probablemente me animaría a visitar el de los Praceres en Lisboa, La Recoleta en Buenos Aires, Highgate en Londres, o aquel tan viejo y totalmente cubierto de yedra que encontré en Praga, caminando sin rumbo fijo.

Será por eso, y también por la fuerza de la costumbre, que la fachada del cementerio de Gibraleón, a pesar de su modestia y de la ausencia de ornamentos, siempre me pareció tan armoniosa como ajustada a las necesidades reales y a las costumbres de nuestro pueblo, y hasta me parecía que la capilla en que estuvo desde tiempo inmemorial el llamado, e ignorado hasta 1981,Cristo del Cementerio, estaba tan integrada con esta talla del siglo XIII, que todavía cuesta hacerse a la idea de que ya nunca más volverá a reinar en aquel lugar en donde lo fuimos descubriendo todos los panturranos, generación tras generación.

Y cuando meses atrás recuperé en FB un autorretrato que disparé en la puerta del cementerio, durante uno de mis paseos terapéuticos, y mi sobrino Juanlu escribió al pie que la guardase como oro en paño porque nunca más volvería a ver aquella fachada como aparecía en mi foto, no pude imaginar que se estaba cometiendo el vil atropello del que en estos días he tenido noticia a través de las redes con unas imágenes tan tristes y descorazonadoras que ya nos obligarán de por vida a resignarnos, porque el desastre es del todo irreparable.

Al igual que algunos vecinos al pie de esa publicación, también yo me pregunto ahora y aquí si no habría sido posible y conveniente que restaurasen la fachada, respetando lo que era una armoniosa construcción aunque no esté firmada por el arquitecto Pérez Carasa como el bello mercado de 1926, también en obras y que ya han vaciado en el nombre de un mal entendido progreso, en lugar de arrasarla para poner en su lugar ese desgraciado remate que parece de un chiringuito de playa.

Por tanto, ya nunca más volveré a transitar por la carretera de Trigueros hasta que llegue mi hora, para no tener que lamentar una vez más que me han robado para siempre los recuerdos del que era nuestro cementerio…

Pablo Sycet
Pablo Sycet (Gibraleón / Huelva, 1953) es uno de los pintores andaluces imprescindibles de su generación -la de los años 80-, posiblemente la última generación de artistas para los que la pintura ocupa un papel central. Sin perder de vista en ningún momento esa centralidad de la pintura, a lo largo de tres décadas continuada de trabajo, la labor creativa de Pablo Sycet se ha ido desplegando en un amplio abanico de campos complementarios: la edición, la tipografía, el diseño gráfico, la fundación de galerías de arte, la organización de exposiciones, las letras de canciones, la producción musical... En otro orden de cosas, Pablo Sycet ha sido un puente fundamental tanto desde el punto de vista geográfico como desde el punto de vista generacional. Geográficamente hablando, por él han circulado buena parte de los caminos que han unido Andalucía y Madrid durante estas décadas. Aunque su residencia habitual ha sido madrileña, nunca ha renunciado a sus vínculos andaluces y especialmente granadinos, muy al contrario, siempre ha intentado reinvertir allí, en Andalucía, metafóricamente hablando, y a veces incluso monetariamente, lo ganado y aprendido en Madrid. Desde el punto de vista generacional, también ha sido un puente generoso y desprendido entre los artistas de las generaciones anteriores a la suya -de Gordillo a Guerrero- y las posteriores, incluidos los jovencísimos artistas emergentes de este mismo momento.

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