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¡Hasta siempre profesor!

Manuel J. Gil Sevillano

Corría el otoño de 1994 cuando tuve la ocasión de acudir a una invitación para tomar un café, en el domicilio del, por entonces, alcalde de Ayamonte, Isaías Pérez Saldaña. La razón de aquella conversación, de la que fuimos testigos ambos y una tercera persona, no era otra que la de ofrecerme la posibilidad de formar parte de su grupo político a nivel local y plantearme la posibilidad de afrontar, a posteriori, otros “retos” de mayor calado político.

Aún recuerdo los artículos de nuestro amigo Antonio Gómez Espina en nuestra “Gaceta de Ayamonte” de aquella época, postulándome como presumible candidato a la alcaldía de nuestra ciudad.
Y, sin embargo, aquella charla no tuvo más consecuencias que las mencionadas.

Primordialmente por la discreción con la que se realizó y porque, en aquel momento, no quise aceptar una propuesta que no concordaba ni con mi ideología, ni con mi pensamiento político.

Pero, he querido volver a aquella tarde y aquel café, porque ya nunca podré borrar de mi memoria la actitud de un hombre que, lejos de molestarse o decepcionarse con mi clara respuesta, vino a mostrarme y demostrarme una tan evidente compresión que acabó convirtiendo aquel encuentro en una agradable conversación en torno a otros consejos desde los cuales reparar el futuro de nuestra ciudad.

Luego, tuvimos oportunidad de encontrarnos, en muchas ocasiones, a lo largo de todos estos años y confieso que nunca me faltó ni el saludo de su aprecio, ni la charla más cordial sobre cualquier aspecto personal que conociera y pudiera ser de su interés.
Hasta el pasado jueves, que me llegaba la noticia de su fallecimiento.

Desde ese día, solo leo opiniones de aprecio y de estima (más que merecidas), hacia un auténtico valedor de la política y más que magnífica persona. Muchas de ellas, además, remitidas por personas o partidos distintos al suyo e, incluso, de más que contraria significación.

Y, al leerlas, no puedo más que lamentar que, en apenas unas fechas, los mismos y mismas que, ahora, alardean o presumen de haberle conocido, de haber compartido, a su lado, algún momento de sus vidas, de haberle escuchado o de haber comprendido algunas de sus palabras, vuelvan a olvidar el sentido o valor de sus lecciones.

Bastaría con recordar su primera legislatura de 1991 en la que, ya como alcalde de Ayamonte, distribuyó el reparto de varias de las delegaciones o concejalías del Ayuntamiento entre los propios representantes políticos de otras formaciones (a pesar de disponer de mayoría absoluta), para tener calado de sus clases magistrales en torno a nuestra política local. Al igual que sólo bastaría con leer la reconocida opinión de otros alcaldes, de distinto signo, destacando la colaboración que, como consejero de la Junta de Andalucía, les llegó a brindar en varios y diferentes proyectos, para tener constancia de sus magistrales dotes como cargo público.

Signos o formas que solo definen, bien a las claras, un talante y una capacidad política poco dadas en nuestra época actual.
Pero mucho me temo que, apenas transcurra su duelo, volverán a fluir las “acusaciones” entre partidos, el “tú más”, las voces altisonantes, los videos en las RRSS o las malas menciones en radios y cadenas de televisiones en torno a cualquier logro o fracaso en la gestión de aquello.

Y es cuando repararemos que nada aprendimos de ninguna de sus lecciones.

Al fin y al cabo, y como decía Séneca, para saber algo, no basta con haberlo aprendido.

¡Hasta siempre profesor!

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