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La caja negra del pasado

Ni caótica ni casual. La basura es una chivata. Su rastro habla de alimentos, usos y costumbres, pero también de la naturaleza de los seres que la acumularon. Fósiles y restos que cuentan cómo fueron domesticadas determinadas especies o que narran cómo no siempre las creencias han tenido su traducción en los fogones cuando se mira de puertas para adentro. «Una excavación es un corte a la tierra que, en lugar de sangrar, habla», explica Eloísa Bernáldez, responsable del Laboratorio de Paleontología y Paleobiología del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH).

Desde hace dos décadas, la extensa y minuciosa labor de este departamento, liderado por Bernáldez y en el que actualmente trabaja también el investigador Esteban García-Viñas, le ha valido numerosos reconocimientos internacionales y la publicación de sus estudios en revistas especializadas de prestigio. Una aportación que otorga a la paleobasura el lugar que merece para contar la Historia.

Entre los escombros y las piezas de cerámica, los yacimientos arqueológicos muestran otros indicios de la vida de hace miles de años. Lo hacen a través de los restos de animales que sirvieron de alimento, ayudaron en la producción agrícola o fueron elegidos para el tránsito al más allá en rituales funerarios. Componer el puzzle es tarea compartida de arqueólogos y paleobiólogos. Donde los primeros analizan el impacto de los seres vivos en la naturaleza, la paleobiología suma la interpretación de los restos extraídos de la vida cotidiana.

No es tarea fácil. El 95% de los desechos ha desaparecido por acción de la naturaleza o del propio ser humano. «Si analizáramos nuestros cubos de basura dentro de un tiempo, podríamos encontrar fragmentos de huesos o raspas de pescado, pero no habría rastro de pan o patatas, y esto no quiere decir que no formen parte de nuestra dieta», explica Bernáldez. Por eso, el estudio de los desechos ‘históricos’ puede dibujar la actividad humana y ambiental de distintas épocas y lugares, pero no puede constituir un registro absoluto de la dieta.

A ello se unen otras causas que explican el predominio de los restos de unos animales sobre otros, como el hecho de que las especies de mayor tamaño sean las que un mayor número de restos aportan y de mayor envergadura, ya que es más fácil para los carroñeros devorar a los individuos más pequeños en menos tiempo. Por este motivo, es más frecuente encontrar en las excavaciones restos de vacas o de ciervos que de conejos, pese a ser esta última especie más frecuente en nuestro territorio.

Además, son los animales de un peso superior a 50 kilos los que presentan una mejor conservación y permiten realizar una reconstrucción de las comunidades a las que pertenecen. Donde ha habido cabras, jabalíes, ciervos, caballos y vacas, es posible conocer la biodiversidad de la zona correspondiente a un momento determinado; en el caso de las especies más pequeñas, esa presencia puede resultar anecdótica.

Pese a todos estos condicionantes, la basura que el pasado ha dejado atrás constituye una fuente más para conocer qué hábitos de consumo tenía el ser humano hace miles de años. «La basura es una caja negra de la naturaleza que la formó», sostiene Bernáldez, para quien observar y estudiar estos desechos es «reconstruir la vida».

Algunas de las actuaciones del Laboratorio de Paleontología y Palebiología del IAPH arrojan resultados tan llamativos como los extraídos de la intervención arqueológica en las Reales Atarazanas de Sevilla, que permitieron descubrir acumulaciones de basura datadas entre los siglos XIII y XVIII. El uso de este espacio como pescaderías, cárcel, viviendas y cuartel se traduce en varios tipos de vertederos: uno involuntario y derivado de la actividad comercial, otro en el que se aprovecha la basura con fines urbanísticos y, por último, los verdaderos basureros, pequeños muladares en el interior del edificio.

Ostras y perros en la mesa

Los restos paleobiológicos de las Atarazanas apuntan a las ostras, chirlas, caracoles y cabrillas como moluscos de consumo en los siglos XV y XVI. En el caso de las ostras, señala Eloísa Bernáldez, parece que se trataba de «un alimento cotidiano, habitual para las clases más humildes por su bajo precio». El crecimiento de la población de Sevilla tras el descubrimiento de América y la demanda de este molusco en la mesa supuso un freno para su desarrollo, hasta el punto de que el tamaño medio de las conchas encontradas correspondientes a ese momento histórico es muy inferior al que presentaba en otros lugares de Europa.

La excavación sevillana también hizo aflorar fragmentos de maxilares de perros de gran talla con cortes de cuchillo, un indicador que los expertos suelen usar como criterio de consumo. Un animal que, al igual que el gato, pudo formar parte del menú de la época. Una gran consideración mereció también la carne de pavo, un ave que se integró en la alimentación de Sevilla casi inmediatamente después de su llegada tras el descubrimiento de América, como lo atestiguan los restos correspondientes a esa época.

Los desechos también delatan la salubridad de las poblaciones. En los trabajos en las Atarazanas, los científicos descubrieron la presencia de la cochinilla ‘Armadillium’, un crustáceo asociado a lugares húmedos y oscuros que se alimenta de desechos vegetales. Su presencia en las vasijas de las pescaderías revela el estado de humedad y suciedad de estas dependencias. Los restos de ratas y ratones lo ratifican.

En otros casos, los paleobasureros cuentan secretos. Uno de ellos ha surgido en excavaciones efectuadas en torno a la Catedral de Sevilla y a la calle Imperial, también de la capital andaluza, donde, a pesar de los preceptos islámicos, aparecieron restos de cerdos entre ruinas arquitectónicas y arqueológicas de casas musulmanas del siglo XII. La propia Eloísa Bernáldez lo explica en su artículo ‘Basureros arqueológicos: 8.000 años de historia nos esperan’: «En época islámica, el registro de cerdo es igual que en siglos posteriores, cuando los cristianos se establecen en estas tierras. ¿Será porque en el período islámico la mayor parte de la población es la autóctona, que continúa con sus costumbres?».

Contaminación por plomo

Bajo el mar, entre restos de naufragios, también se cuenta la historia de la superficie. El navío francés Fougueux se hundió en 1805 frente a la playa de Camposoto, en San Fernando (Cádiz). El análisis de sus restos por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, en colaboración con el Centro de Arqueología Subacuática, ha hecho posible conocer qué comía la tripulación de la embarcación (principalmente, ungulados, es decir, mamíferos que caminan sobre pezuñas) y concluir que la salubridad no era tampoco muy adecuada, dada la presencia de restos de roedores en la embarcación.

Pero uno de los descubrimientos más llamativos en el pecio desde el punto de vista de la paleobiología ha sido el de un hueso de vaca contaminado con plomo. «No olvidemos que siglos atrás ya existía el plumbismo, la intoxicación por plomo», explica Eloísa Bernáldez, que considera que los casos de enfermedad podrían haberse originado, por ejemplo, en los desechos que los artesanos vertían a las aguas dulces y que, posteriormente, se habrían empleado para el riego en las huertas, cuyos vegetales, a su vez, habrían alimentado a las reses. De ahí los restos de plomo habrían pasado al ser humano.

Otras veces, algo tan simple como un molusco puede dar lugar a múltiples interpretaciones. En ocasiones, las conchas presentan orificios cuyo origen es confuso a la hora de discernir si fueron provocados por el oleaje continuo o se hicieron para usarlas como adorno o moneda. En otros casos, su utilidad está clara, como sucede en el yacimiento romano de El Eucaliptal de Punta Umbría (Huelva), donde los restos machacados de cañaíllas se habrían aprovechado para fabricar púrpura, el color de la riqueza hasta que llegaron los tintes sintéticos.

Desechos en los cimientos

Los espacios urbanizables de las ciudades también tienen mucho que ver con la basura. Los montones de restos secaron arroyos y lagunas, que se convirtieron en huertas extramuros de las ciudades romanas, islámicas o modernas. Estas huertas alimentaron a la población, cuyo crecimiento terminó convirtiendo esas huertas en terreno urbano y aprovechando basureros y muladares como canteras de materiales.

La propia Catedral de Sevilla presenta basura en sus cimientos y en el subsuelo de la capital andaluza, en yacimientos fechados entre los siglos XIV y XVIII, hay una gran cantidad de valvas de ostras, material muy usado en la construcción. Incluso entre los sillares de la antigua Fábrica de Tabacos de la Universidad de Sevilla existe un gran número de conchas de ostras, cuya finalidad era evitar la contracción de la piedra por la humedad y el calor.

Los galápagos de los monjes

Además de mirar atrás, el estudio de los yacimientos también ayuda a caminar hacia adelante. «La paleobiología nos permite comprender nuestro presente y proyectar cambios futuros», afirma la jefa del Laboratorio de Paleontología y Palebiología del IAPH.
Entre los desechos encontrados en las excavaciones efectuadas en el antiguo Monasterio de la Cartuja de Sevilla, figuran abundantes fragmentos de caparazones de galápagos. «Conocer su tipología en aquellos años puede ayudar a tener pautas para su reintroducción hoy día», valora Eloísa Bernáldez.

Respecto al empleo de este reptil como alimento, la presencia de animales completos arrojados entre la basura -frente a su escasez en otros yacimientos sevillanos, como el de las Atarazanas- apunta a que eran una parte importante de la dieta de los cartujos, que tenían prohibido el consumo de carne terrestre. Se tiene constancia, además, de que los monjes criaban estos animales para su alimentación.

Junto al estudio de los materiales y restos encontrados en yacimientos, el Laboratorio de Paleontología y Paleobiología del IAPH trabaja actualmente en técnicas de genética y en el análisis físico-químico de ese material. El objetivo es, según el también investigador Esteban García-Viñas, «comprobar los cambios experimentados por esa especie y estudiar los efectos en sus restos de los contaminantes ambientales».

Un paso más en el trabajo de este laboratorio para continuar avanzando en el conocimiento del ser humano y su entorno a través de retazos del pasado. Se trata, como asegura su propia responsable, de «seguir contando la naturaleza e interpretándola a luz de la Historia» y demostrando, al fin y al cabo, la utilidad de un elemento a priori tan inservible como la basura.

(Teto y fotos: Junta de Andalucía)

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