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Rocío Chico 2020
Firmas

La excusa menos pensada

Suele encontrarse donde menos se espera, latente en las caras; en muchos rostros, en realidad. La excusa menos pensada, el acto más inusitado, también la atesora en muchas ocasiones. En esa maraña de conexiones sociales que se establecen en los trabajos, entre compañeros, o en los tejidos familiares y amistosos, ahí anida, igualmente. En cualquier esquina, entre gente extraña, o querida, o sólo conocida, habita esperando el momento oportuno para salir.

La mujer miró una y otra vez en su bolso, abriéndolo con desasosiego y buscando en su interior. Suspiró, angustiada, y la idea de que había sido objeto de un robo se instaló en su mente. Se levantó de la silla que ocupaba en la terraza situada en la plaza de la ciudad y acudió al camarero que le había estado atendiendo durante su desayuno. “Perdone, necesito ayuda. Me han robado la cartera con más de dos mil euros dentro, acabo de sacar del banco lo poco que me quedaba, y no sé qué hacer, no sé dónde ir. Estoy muy nerviosa. Ya no tengo familia, apenas conozco a nadie”.

El muchacho asintió con gesto preocupado y la instó a que se calmara, pues trataría de ayudarla. La mujer habló de nuevo: “Iba a pagar con este dinero los últimos recibos de la hipoteca de mi casa, llevo varios meses ahorrando, hijo, pasando muchos sacrificios”. Mirando al suelo rojizo, comenzó a llorar. Se la veía algo desorientada, confusa. Al camarero se le ocurrió algo. Entró del brazo de la mujer al bar e hizo una pregunta: “Atiendan, por favor.

Esta señora no encuentra su cartera, y la tenía en su bolso. ¿Alguien la ha visto?”. Al principio nadie dijo nada. Luego, una chica rubia contestó que no, que no había visto nada. Otro chico con un brazo lleno de tatuajes tribales propuso algo: que todos buscaran con esmero la cartera. Preguntaron color, tamaño, y casi todos los parroquianos del bar se movieron con prestancia, encorvados, mirando por todos los rincones posibles.

La mujer continuaba llorando, aunque más quedamente, como esperanzada, sin dejar de soltar el brazo del camarero, que observaba con expectación. De repente, un hombre de edad madura, moreno y con bigote, gritó: “¡Aquí está!”. Se inclinó y tomó una cartera parduzca y abultada del suelo, justo en una esquina de la puerta del baño de señoras.

En ese momento su dueña sonrió, alborozada, afirmando que ésa era. Todos los allí presentes sintieron algo extraño, como un calorcito agradable dentro del pecho. Se sentían felices de haber contribuido a que otra persona dejara de sufrir.

Alguien aplaudió, otros continuaron con las palmadas y la mujer mayor abrazó al camarero; entre risas y suspiros de alivio, anunció que les invitaba al desayuno. La mañana del lunes no podía comenzar mejor en aquella ciudad que en ese momento era de las más hermosas del país.

Por eso suele encontrarse en cualquier esquina, en gente extraña, o querida, o sólo conocida, esperando el momento oportuno para salir. Y esa, sólo esa, es la primera cualidad del ser humano: la bondad.

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