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La vuelta al cole

Agosto comienza a apagarse como una vela aburrida y errada. Mientras, a ultimísima hora, porque en nuestro país somos así, de improvisar y avanzar en todas las direcciones a la vez, un desvarío, el calendario escolar se mantiene férreo, sujeto a una pared desconchada con un clavo endeble a golpes de martillazos embadurnados en gel hidroalcohólico y protegidos por mascarillas azul cielo desvaído.

Así quieren que enviemos a varios millones de niños a sus centros educativos en plena pandemia de un virus caprichoso, de esos que igual te dejan vivo, igual te matan, igual te postran en una silla de ruedas, o igual te hacen cosquillas.

Se entiende que no ha habido tiempo en medio año para que nuestros altos mandatarios organicen bien los espacios, los docentes y el número de alumnos por clase, así como una enseñanza on-line con garantías sociales y educativas en caso de no poderse continuar, o ni siquiera llegar a abrir los centros.

España está por encima del triple de las cifras aconsejadas de tope en cuanto a niveles de contagio para iniciar su andadura educativa sin riesgos para la salud de nuestros hijos y sus maestros. Las empresas deberían estar obligadas a conciliar la vida familiar y laboral en tiempos de locura viral, tal como ocurre ahora. Y para eso, entre otras cosas, se encuentran el Estado y las Comunidades Autónomas.

La sensación de que «hemosidoengañados» y seguimos en ello cada vez es más intensa; cada día que tachas de este calendario anodino te hace sentir como un crío de cinco años al que quieren engatusar para que vaya tranquilo al dentista.

Hasta ese niño, si es espabilado, puede inferir que es un disloque juntar a 25 chiquillos de entre 3 y 10 años sin mascarilla en una clase de no más de 30 metros cuadrados durante cinco horas y sin medidas de ventilación, cuando para entrar a una farmacia, un banco, cualquier oficina o comercio, sólo se admite a unas tres personas y bien protegidas y desinfectadas.

Últimas etapas de primaria y en Institutos, obligación de mascarillas. ¿Sí? ¿Van a ser capaces de tenerlas seis horas al día, continuamente? ¿En qué momento algún chaval se la bajará para hacer una broma, o porque está harto, o …?

¿En qué estado se encontrarán las mascarillas de cada cuál? ¿De veras que hay que poner en riesgo la vida, la salud, el bienestar, de millones de niños? ¿Y mis compañeros? ¿Y los buenos maestros que siempre se dejan la piel, pero no quieren quedarse sin la vida, obligados a soportar una carga viral supuestamente altísima, pues más de la mitad de los menores, en caso de contraer la enfermedad, son asintomáticos, pero tienen un poder de contagio muy elevado? ¿Y las familias de los chiquillos?

¿Ningunas padecen de patologías delicadas frente al coronavirus? Pues todo esto que no digo yo, sino que viene aseverado por los mejores virólogos del mundo, importa un carajo, alea jacta est, etcétera, que en España, país castizo y de tronío, el calendario se resquebraja, agonizante y temeroso porque septiembre manda. Y en septiembre, ya lo sabemos desde siempre, empieza la vida. O no.

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