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Lenin y el exterminio… por gas

‘Hablar de democracia pura, de igualdad, de libertad; cuando los obreros y todos los trabajadores están hambrientos, desnudos y arruinados es burlarse de los trabajadores y los explotados’. Con estas palabras de Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, celebraba Izquierda Unida el pasado 22 de abril en Twitter el nacimiento del dictador ruso. El partido dirigido por Alberto Garzón (ahora Ministro de Consumo en el Gobierno de Coalición de Unidos Podemos con el PSOE y que tiene además la cartera de Trabajo y Economía Social de la mano de Yolanda Díaz Pérez) nunca ha ocultado su reivindicación explícita de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia ni de la dictadura que la siguió después. Como tampoco lo ha hecho con la Revolución Cubana y la dictadura castrista. Como si de un acto litúrgico se tratara, año tras año los dirigentes comunistas españoles ensalzan regímenes que cometieron espeluznantes atrocidades contra la Humanidad sin que se les caiga el pelo y sin que los medios de comunicación ni los parlamentarios elegidos democráticamente les reprochen absolutamente nada.

Nos toca hoy arrojar un poco de luz sobre quién fue Lenin, el dirigente soviético elevado a mito que, aún hoy, es mantenido a la vista de todos en una tumba pública en el Mausoleo correspondiente de la Plaza Roja de Moscú ante el aplauso de quienes se rasgaron las vestiduras para sacar a Franco del Valle de los Caídos. Nótese un detalle antes de empezar: la siniestra cita que quienes ahora componen el Gobierno es una referencia nada velada a sus intenciones anti-democráticas, en un contexto en el que el Gobierno está afanado en saltar de ilegalidad en ilegalidad para restringir la libertad de expresión y pasar por encima de los derechos individuales de los ciudadanos. Nadie puede espetarles -casi- que sean unos hipócritas. Lenin nunca lo fue. En sus escritos y en sus declaraciones no dejó duda sobre sus verdaderas intenciones. Tras tomar el Poder en Petrogrado (la actual San Petersburgo) por medio de un Golpe de Estado en Octubre (Noviembre según nuestro calendario) de 1917 contra un gobierno de coalición entre liberales y socialistas moderados de carácter republicano (el Zar había abdicado en Febrero y se había constituido un Gobierno Provisional a la espera de convocar una Asamblea Constituyente), el 22 de Noviembre del mismo año se crearon los Tribunales Revolucionarios para juzgar a los opositores de la insurrección comunista. El Consejo de Comisarios del Pueblo (SOVNARKOM), el Gobierno presidido por Lenin, creó el 20 de Diciembre la Comisión Extraordinaria para el Combate de la Especulación, la Contrarrevolución y el Sabotaje, la CHEKÁ, una policía política encargada de eliminar a los grupos que la dictadura bolchevique consideraba necesario exterminar y que, con el tiempo, evolucionaría hasta convertirse en el NKVD estalinista y, más adelante, en el KGB que ha perdurado en el imaginario colectivo.

La implantación de la dictadura no quedó ahí, sino que se oficializó tras las Elecciones a la Asamblea Constituyente que había quedado pendiente, las cuales tuvieron lugar finalmente en Enero de 1918: los resultados fueron un fiasco, ganándolas el Partido Social-Revolucionario (al cual pertenecía Kérenksi, el dirigente derrocado por los bolcheviques), obteniendo los comunistas 1/5 de los diputados. El nuevo Parlamento procedió a anular todos los decretos bolcheviques pero no tuvo oportunidad para más, puesto que la Guardia Roja la disolvió después de tan sólo un día de actividad por órdenes de Lenin. Nunca ocultó nada. En su ensayo Las tareas inmediatas del poder soviético, una de las más descarnadas defensas de la Dictadura del Proletariado, dejó claro que ‘la palabra dictadura es una gran palabra. Y las grandes palabras no deben ser lanzadas a voleo. La dictadura es un Poder férreo, de audacia y rapidez revolucionarias, implacable tanto en la represión tanto de lo explotadores como de los malhechores.’ En esta obra defendió asimismo la Guerra Civil como método revolucionario, al señalar que ‘toda gran revolución, especialmente una revolución socialista, es inconcebible sin una guerra interior, es decir, sin guerra civil, incluso si no existe una guerra exterior.’ Y así fue. Rusia experimentó una sangrienta guerra civil desde 1918 a 1925 que se saldó con la pavorosa cifra de más de 5 millones de muertos.

Esta contienda se trató de una auténtica guerra de exterminio en la que los comunistas pusieron en marcha su Genocidio de Clase por medio de la eliminación de las llamadas ‘clases explotadoras’ y de los kulaks, campesinos con un grado de miseria menor que los que había a su alrededor. En la práctica, se trató de la eliminación de grupos de población enteros en el marco de una política de ingeniería social para crear un ‘Nuevo Hombre’. Por mucho que los comunistas contemporáneos hayan intentado absolver al Marxismo de las atrocidades cometidas en su nombre, la realidad es que ello se ejecutó siguiendo las estrictas enseñanzas de Marx y de Engels. El segundo dejó dicho en su Carta a A. Bebel: Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es absurdo hablar de Estado Popular libre: mientras el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir.’ Con el mismo tino se expresó en  De la autoridad: ’Una revolución es indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad de la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios.’

         El proyecto revolucionario marxista era, contrariamente a lo que se piensa, explícitamente genocida. Marx, en su Discurso sobre Polonia no se recató lo más mínimo: ‘Batid a vuestros enemigos internos y podréis entonces estar orgullosamente conscientes de haber derrotado a toda la antigua sociedad’. En Hungría y el Paneslavismo detalló Engels más sus propósitos, cuando dispuso que los pueblos primitivos debían desaparecer: ‘La misión principal de todas las otras razas y pueblos -grandes y pequeños- es perecer en el holocausto revolucionario.’ El racismo impregnaba la descripción que de ellos hizo, al considerar que ‘estos desechos de pueblos se convierten, y siguen siendo hasta su exterminio o desnaturalización, en el sostén más fanático de la contrarrevolución’. En otro escrito, Paneslavismo democrático, fue aún más allá al declarar que ‘afirmaremos la revolución, mediante el terror más decidido’ en ‘una lucha de aniquilamiento y terrorismo sin piedad’. El sentido de estas palabras y las acciones políticas que inspiraron de la mano de Lenin y de sus seguidores están fuera de toda discusión. Las órdenes que dictó como líder del Estado Soviético en ciernes siguieron a pies juntillas estas enseñanzas. Sirva de ejemplo la Orden de 8 de Agosto de 1918, en la que exigió ‘llevar a cabo una campaña de Terror de masas contra los kulaks, el clero y la Guardia Blanca. Todos los sospechosos deben ser internados en un campo de concentración fuera de la ciudad.’ De igual tenor es otra Orden dictada el mismo día, en la que insistía en ‘implantar una troika dictatorial e instituir de manera inmediata el Terror de Masas; descubrir y acosar a cientos de esas prostitutas que hacen que nuestros soldados se emborrachen, a los antiguos oficiales, etc. No hay un minuto que perder. Se trata de actuar con resolución: requisas masivas. Ejecución por llevar armas. Deportaciones en masa de mencheviques y de otros elementos sospechosos’. O la de 11 de Noviembre de 1918: ‘Ahorquen (ahorquen de una manera que la gente lo vea) no menos de 100 kulaks conocidos, hombres ricos, chupasangres.’

         Con todo, los aspectos más horribles de la política comunista se pusieron de manifiesto en la región de Tambov, a unos 500 kilómetros al sudeste de Moscú. En 1920 estalló una insurrección dirigida por la Unión de Campesinos Trabajadores contra la política del llamado Comunismo de Guerra, que arrebató la producción agrícola a los campesinos pobres en pos de alimentar a las zonas urbanas y de abastecer a los combatientes del Ejército Rojo durante la Guerra Civil. A resultas de la misma, millones de personas murieron de hambre en el campo o fruto de la violenta represión ejercida por las autoridades. Los insurrectos de Tambov abolieron el poder soviético en la zona y organizaron una Asamblea Constituyente, esto es, un Parlamento. Utilizando la táctica de ‘guerra de guerrillas’, para Febrero de 1921 controlaban ya toda la región e interrumpieron el tráfico ferroviario entre Moscú y los Urales. El Gobierno de Lenin destacó al general Mijaíl Tujachevski para aplastar la rebelión y pacificar la zona, para lo cual dispuso la utilización de gases venenosos que, durante la Primera Guerra Mundial, habían sido utilizados contra los alemanes y los austríacos. Con la autorización del Gobierno, el 12 de Junio de 1921 se emitió una Orden en la que se indicaba que ‘debe hacerse un cálculo cuidadoso para asegurar que la nube de gas asfixiante se extienda a través del bosque y extermine todo lo que se oculte allí’. El 28 de Junio se dictó otra Orden complementaria en la que se especificaba: Los proyectiles químicos se dividen en dos tipos: asfixiantes y venenosos.’

Y así fue. La dificultad por parte de las tropas militares regulares de acceder a los bosques donde no sólo se encontraban los combatientes rebeldes, sino las poblaciones civiles que los apoyaban, entre ellos mujeres y niños, convirtió al gas en un instrumento privilegiado que se empleó sistemáticamente hasta el otoño. Junto al gas, se procedió al secuestro y reclusión en campos de concentración y ejecución de los familiares de los combatientes. Para Junio de 1921 el levantamiento estaba liquidado, saldándose con la deportación por parte de las autoridades comunistas de entre 50.000 y 100.000 hombres, mujeres, niños y ancianos, así como con la muerte de 230.000 personas y la ejecución de 15.000. Se cumplía así aquello que aventuraron Marx y Engels en su icónico Manifiesto del Partido Comunista: ‘Proclaman (los comunistas) abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente.’ De esta manera se adelantaron a los Nacionalsocialistas en dos décadas, cuando las huestes de Hitler emplearon los mismos métodos para llevar a cabo otra guerra de exterminio.

         Lenin se convirtió así en el primer dictador que utilizó el gas para exterminar a poblaciones civiles, Sus prácticas fueron por lo demás empleadas por otros dictadores de cuño socialista como el iraquí Saddam Hussein, que gaseó a los kurdos entre el 16 y el 19 de marzo de 1988 en el contexto de su guerra con el Irán de los ayatolás, en lo que fue conocido como la Masacre de Halabja. O recientemente el sirio Bashar al-Ásad, que ordenó un ataque químico con gas sarín en la región de Guta en 2013. Tiranías blanqueadas una y otra vez por la izquierda española en su afán de oponerse a todo lo que represente Estados Unidos de América y el Mundo Occidental, en una perversa manifestación tardía de la Guerra Fría. Resulta increíble que el apoyo explícito que una formación política que está en el Gobierno de España presta a un genocida y asesino en masa como Lenin no sea ni por los medios ni por el resto de partidos motivo de censura ni de reproche. Cuando en cualquier país civilizado algo semejante se saldaría con la dimisión inmediata de los líderes del mismo, como sin duda ocurriría si la figura reivindicada públicamente fuese la de Hitler. La eterna doble vara de medir.

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