Los jóvenes no estamos para poesía

(Texto: Laura Moreno) Los jóvenes no estamos para poesía, porque para realidad poética, la que vivimos cada día en esta España envejecida. Asfixiados en una insoportable situación de precariedad laboral y falta de oportunidades, aprendimos a comprender de verdad a nuestros mayores, pero no a nuestros padres, sino a nuestros abuelos, aquellos que cantaban con el alma rota que «un te quiero y un adiós» eran un «ligero equipaje para tan largo viaje».

A los que nos quedamos batallando aquí, se nos multiplica los fuegos abiertos, y tras encadenar numerosos contratos en prácticas y temporales, tenemos que hacer acopio de paciencia y consolarnos con algo de Benedetti, para no caer en la desesperanza, tras muchas idas y venidas del INEM a casa:

«No te rindas, por favor no cedas, aunque el frÍo queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aun hay vida en tus sueños.»

También hay quienes, teniendo un no nada desdeñable currículum, a base de esas preciadas precarias experiencias, aprendemos a sortear prejuicios de quienes nos contratan. Una carga aún mayor si eres mujer, ya que de tanto escuchar «Me gustas cuando callas» de Neruda, acabamos creyendo que calladitas, estamos más guapas.

Por ejemplo, aprendemos que, a pesar de lo que nos dicen las revistas de moda, en este nuestro mercado laboral, la piel tersa es una desventaja, ya que para conseguir una oportunidad de considerable responsabilidad tienes que tener un máster, tres carreras y 10 años de experiencia a tus 25 años de vida. ¿Quién no lo puede conseguir? Es este mismo nivel de exigencia el que hace que los jóvenes con talento piquen billete, y que los que consigan subsistir en España, cedan a visiones y expectativas de vida cortoplacistas, que nada tienen que ver con las que sus padres pudieron permitirse a la misma edad.

En conclusión, como es el Día Mundial de la Poesía, a pesar de que los jóvenes no estamos para fantasías, me van a permitir ciertas licencias poéticas para expresar mejor la frustración de mi generación. Desde hace mucho que solo tengo dos deseos cuando miro la foto de mi orla. En primer lugar, siempre espero que a la chica del birrete que sonríe le nazcan patas de gallos: frondosas, profundas, que le ayuden a desviar la atención de su cutis terso en una proceso de selección y que la posicionen mejor en el mercado laboral «pese a su juventud». Por otro lado, deseo que los que de verdad se dejen de poesías, sean algunas empresas.

«Nunca es tarde», dice Benjamín Prados, «para romper con todo y empezar de cero», y yo cierro los ojos y espero que eso sea cierto. Que las empresas que tiran de romanticismo y contratan a jóvenes profesionales, a los cuales pagan con «oportunidades de crecimiento» y «prestigio», sepan que ya no nos lo creemos, y que para que nos emocionemos con su poema, debe añadirle, al menos, un «salario digno» a sus versos.