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FITUR 2020
Firmas

Lucía

Foto de Lucía / Antena 3

Lucía tenía 13 años y ya nunca cumplirá ninguno más. A esas edades se experimentan los primeros cosquilleos del amor y, en general, ese asomarse con inquietud ilusionante a la vida que se abre, golosa, como una primavera fuera de coordenadas temporales.

Con esos años jamás tendría alguien que pensar en morir, que fue justo lo que hizo esta adolescente: suicidarse hace unos días porque supuestamente no podía más con el acoso al que la sometían algunos compañeros.

La policía está investigando este terrible suceso que ocurrió hace unos días en Murcia. La sociedad está consternada y los políticos dicen bla bla bla y condenan el acoso escolar, pero lo cierto es que en un hogar de nuestro país, justo ahora, está devastada una familia que asiste desencajada al dolor por la pérdida absurda de una chiquilla que debía tener una vida, un futuro alargado en el tiempo. Y eso es irreparable y demoledor.

El acoso escolar existe, aunque se quiera negar su incidencia y sus efectos sobre quien lo padece. Es un hecho lamentable que se da desde siempre, pero en los últimos años la violencia en el ámbito educativo, según denuncias registradas, va en aumento. Los pequeños psicópatas son así: se distraen haciendo daño a los demás, maquinando cómo divertirse humillando al compañero, sin valorar consecuencias mayores que un rato de risas a costa de los demás. Hay mucho por hacer, tanto que no se sabría ni por dónde empezar.

La prevención, como siempre, es la base para atajar cualquier problema. En los países nórdicos donde habita ese frío bello y sereno, además tienen programas educativos y sociales que funcionan de manera muy positiva contra el abuso de unos niños hacia otros. Se ha creado en Finlandia, se llama KiVa y es diferente a la mayoría de protocolos para prevenir el acoso porque ha sabido poner el foco de la acción en el lugar adecuado: la comunidad. En vez de castigar el acosador y consolar a la víctima -una medida que a menudo suele agravar más esta situación- centra su trabajo en el resto del alumnado, sobre todo en los que presencian el acoso, los que ríen, callan o miran hacia otro lado.

Les enseñan que ellos son esa mayoría que puede y debe atajar cualquier episodio de violencia hacia los demás. Viene a ser eso tan hermoso de “nosotros somos más y mejores”. Quiero que en todos los centros educativos se implante este programa antiacoso.

Quiero que esta sociedad donde todo es suavito espabile y deje de permitir que ocurran estas cosas tan horribles. Que las leyes educativas se endurezcan contra los acosadores, que profesores y maestros recibamos más formación en educación emocional y que los padres no miren hacia otro lado ni contemplen a su hijo abusador y agresivo como ese inocente que nunca hace nada malo, porque «pobrecito, le tienen manía. Él siempre no es.

Tendrá que defenderse, digo yo…» Quiero que Lucía descanse en paz, que encuentre allá donde esté la serenidad que sus torturadores no le dejaron disfrutar en este inhóspito mundo. Y que ellos, por siempre, carguen con la culpa más atroz que sus mezquinas conciencias les permitan. Y ahora, por fin, amén.

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