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Mucho que decir todavía

(Firma: Pablo Gea)

Las elecciones en Cataluña han sido un desastre para Ciudadanos. No es posible decir esto más bajo. También lo han sido para el PP, en un consuelo agridulce que tan sólo proporciona un efecto placebo evanescente. Tanto más doloroso por cuanto la tragedia se masca en casa. En el sitio que les vio nacer. Ahora vuelan los cuchillos otra vez cuando la debacle de 2019 aún está por coser. Estén dispuestos a aceptarlo sus líderes o no, ahora se pone de manifiesto sin amortiguadores ni anestesia que el proyecto se encuentra en una crisis que puede ser mortal si no reaccionan. Una crisis que afecta a todo el partido a nivel nacional y que marca para muchos un declive inexorable. Es fácil ahora dirigir las iras contra algunos cabezas de turco y pedir ceses. Sin duda, hay que asumir la responsabilidad. Pero harían mejor los encolerizados en enfriar sus iras para pegar un golpe de timón que en lanzarse en una autodestructiva guerra civil que iba terminar de remachar lo que sin duda estos comicios han acelerado.

Ante un riesgo de descomposición no se necesitan ni manos de hierro ni cirujanos de acero, sino volver la cara a la militancia y a los simpatizantes, reconocer con honestidad y humildad los errores cometidos y volver a generar ilusión. Son palabras bonitas que obviamente necesitan ir acompañadas de una estrategia aviesa y bien implementada. Pero lo cierto es que todo esto quedará en nada si Ciudadanos sigue manteniendo una estructura verticalizada que en poco o nada cuenta con sus bases. Si no tienes contentos a los tuyos, difícilmente vas a contentar a los demás. En última instancia, la victoria o la derrota en unas elecciones dependen de la capacidad de movilización de las bases, los simpatizantes y los militantes. Los que pegan carteles, editan vídeos, dan charlas, organizan foros en los barrios, hablan con los votantes en los bares, plantean ideas nuevas y, en definitiva, hacen que la campaña cobre vida propia. Sabor y luz cuando en los tiempos que corren sólo parecen adivinarse tinieblas.

Y, sobre todo, hay que tener absolutamente claro qué ideas se defienden. Los continuos bandazos ideológicos y estratégicos sólo dan como resultado que la gente no sepa qué se está apoyando cuando se va a depositar el voto. Esta falta de confianza es mortal, dado que la inseguridad electoral es una sensación muy difícil de eliminar en el fuero interno de una persona. Primero hay que saber qué ideología se defiende, después diseñar un programa que refleje esa ideología y la convierta en propuestas prácticas que las personas puedan apoyar, y finalmente hay que defender con fuerza, a capa y espada, esta visión de las cosas. Invertir el orden queda demostrado que sólo conduce al fracaso más estrepitoso. No se pueden convertir los principios ideológicos ni los programas en moneda de cambio electoral, modificándolos en función del territorio ni del ambiente popular. Lo que hay que debatir es ‘cómo’ se convence a los demás de que la ideología es la mejor, de que el programa es el más beneficioso y de que el partido es la única fuerza que puede garantizar los intereses del votante.

Tanto a los socialistas, a los comunistas como a los conservadores reaccionarios les gusta decir que los liberales y los socialdemócratas de verdad no tienen nada que hacer en la política española. No han perdido un minuto en utilizar los resultados de estas elecciones en Cataluña para atestiguarlo. Recurriendo a un argumento catastrofista que, en el fondo, lo único que hace es engañar a la población afirmando que sólo tiene dos extremos entre los que elegir. Y que no hacerlo, no entregarse a esta dimensión trágica -aunque no en el sentido en que lo entendía Nietzsche- constituye un acto de cobardía. No es verdad. Lo auténticamente cobarde es pensar que la solución a los problemas complejos está en simplificaciones místicas. Que engañan a muchos y condenan a más.

La realidad es que sigue habiendo espacio en España para partidos liberales, socialdemócratas y reformistas, que buscan hacer la Revolución de manera incruenta, cambiando el sistema por medio de la reforma legal y del acuerdo parlamentario. Dentro de los márgenes del Estado de Derecho y desde el respeto a las libertades del individuo. Esta es la razón por la que Ciudadanos tiene mucho que decir todavía, aunque en estos momentos ni ellos mismos puedan verlo. Cuando el abatimiento pase y mañana vuelva a amanecer, un partido político que haya tomado nota de las lecciones correctas debe lanzarse al ruedo una vez más, dirigido por líderes dinámicos, duros, carismáticos, flexibles y prácticos. Que hayan entendido que están ahí para una sola cosa: ganar.

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