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Nada importa

Durante los últimos meses, desde que comenzó el confinamiento, apenas he escrito: no sabía qué decir. La realidad, triste, es que no tenía nada que aportar a una situación que, ahora lo veo, me sobrepasaba más allá de lo que en un primer momento estaba dispuesta a concederle. Sólo había que quedarse en casa para protegerse. Somos una generación de quejicas.

Nuestra generación no ha conocido el hambre, no sabe lo que es pasar verdadero frío, no ha conocido la guerra. Ni la nuestra ni la de nuestros padres. No se me quita de la cabeza que somos los privilegiados de la Historia. La generación de algodón de azúcar.

La crisis económica de 2010 supuso nuestro primer golpe de realidad. Aún así, el impacto fue irregular: lo aprendieron mejor los que tuvieron que marcharse para prosperar y aún no han podido volver. El resto creo que hemos seguido viviendo con el veneno de la esperanza en un futuro mejor surcando nuestras venas.

Este es el segundo golpe.

Había gente que decía, allá por marzo, que de esta saldríamos más unidos y más fuertes. Celebraban haber podido conocer a sus vecinos y descubrir sus talentos ocultos. Aprendieron a hacer pan, siguieron religiosamente una tabla de entrenamientos, aplaudieron cada tarde y aprendieron a tocar el “Resistiré” con el ukelele. Para algunos, los dos primeros meses de confinamiento caben en una tacita de Mr. Wonderful. Vivían ajenos a la tragedia y, mientras en los hospitales más saturados había personas muriendo asfixiadas por no tener respiradores para todos, ellos confiaban en que saldríamos mejores de esta.

Pero si en algo se puede confiar plenamente es en la estupidez humana. La estupidez y el egoísmo, para ser exactos.

Aprenderemos a convivir con esta enfermedad como con otras antes que esta. La enfermedad, así, en genérico, siempre ha estado presente en nuestra historia, y aquí estamos. Es injusta, aleatoria y cruel, como todas las enfermedades. Quizás me toque a mí mañana, o a ti dentro de un mes. Quizás nos salvemos los dos. El confinamiento y la cuarentena han sido necesarios, como lo han sido siempre en casos como este, para frenar la propagación del virus en su momento álgido. Ahora que ya sabemos un poco mejor cómo funciona la cosa, toca dejarnos libres y cruzar los dedos. Al final, solo tomaremos conciencia cuando nos toque dentro de casa.

Entonces las administraciones serán unas incompetentes, la gente desconsiderada y estúpida, y los malos, como siempre, los demás. Habrá víctimas inocentes, gente responsable que sufra porque otros no se han guardado bien. Como siempre y como en todo.

Si algo he aprendido durante el Estado de Alarma -vamos a darle la razón a los Mr. Wonderful y a admitir que he extraído una lección de vida de todo esto- si algo he aprendido, decía, es que nada importa.

La esencia de la condición humana es la misma desde que el primer mono se puso de pie y se acabará el mundo sin que hayamos cambiado nada. Y no. Esto no es una excusa para darse al nihilismo, ni un motivo para abandonarse, regalarse a la mala vida o a un carpe diem mal entendido. No. Nada más lejos de la realidad, es un don: Puesto que nada importa, todo es único.

Porque todo puede caer en cualquier momento. No son los planes, es el día a día lo que cuenta. Mañana saldrá el sol y volverás a tener 24 horas en tu cuenta. Intenta pasarlas de la mejor manera posible: es lo único que poseemos.

Dice un viejo proverbio que cómo pasas tus días es cómo pasas tu vida. Supongo que hasta hoy no lo había comprendido en su totalidad.

Nos vemos mañana. Prometo no dejar ni un sueño sin cumplir.

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