Opinión

El viento del miedo

Paisaje rural
photo_camera Imagen de paisaje rural ( Albrecht Fietz / Pixabay)

No debes tener miedos que no conducen a nada, asegura la psicología optimista, tan de moda por los que van mercadeando con la felicidad.

El miedo siempre conduce a alguna parte y es una emoción humana e imprescindible para la supervivencia. Claro, ser temeroso es incómodo, paralizante y poco estimulador.

Pero resulta que vengo experimentando un miedo derivado de asuntos mundanos y poco elegantes. A mí me espeluzna que ir al supermercado se haya encarecido en un treinta por ciento (más o menos) en los últimos dos años, así como el gas, las hipotecas y alquileres, la gasolina y la electricidad, y no pasa nada.

El aceite de oliva, nuestro tesoro y orgullo andaluz y español, ha subido a precios de pena, más del doble; en muchos lugares tienen ya un dispositivo anti robo, y a mí todo esto me da ganas de llorar.

Y la ira generalizada en el mundo político, esa yegua desbocada que se acerca al precipicio, imparable, cuando el espíritu de la conciliación debería ser el que envolviera los aires enrarecidos.

Me da miedo no saber a dónde nos va a llevar esta inactividad, esta falta de empuje, de rebeldía ante las injusticias, la precariedad, la pobreza que dejaremos a nuestros hijos.

Nosotros, los de entonces, los de la clase media, ya sólo somos clase empobrecida, adormecidos, los que permitimos que nos roben el sueño y el futuro.

Este miedo que mastico en soledad me gustaría que fuera común, y debería impulsarnos a decir que se acabó, empezar otro tiempo, no permitir más atropellos económicos, laborales y sociales.

La marea del mundo, sin embargo, navega en otra dirección: calma tensa. Anestesia colectiva. Lamentos cotidianos que se pegan a las paredes como si fuesen retratos colgados hace mucho tiempo, ajenos, inamovibles.

Fátima Javier