Opinión

Aristócrates

Margarita Robles
photo_camera Margarita Robles

En la encrucijada eterna entre la erudición y el disparate, la política española vuelve a ofrecernos uno de esos momentos que, por su densidad cómica e involuntario surrealismo, merecerían ser recogidos en mármol. Ocurrió en la última sesión de control al gobierno en el Congreso de los Diputados. En relación con una pregunta oral formulada por la diputada del Partido Popular Esther Muñoz de la Iglesia, y la ministra Margarita Robles tuvo un desliz, un equívoco ilustrado. La señora ministra, en un claro lapsus, normal por otra parte, debido a la responsabilidad y a los nervios del momento, invocó al filósofo Aristócrates.

Vaya por delante que esto es algo que le puede pasar a cualquiera en algún momento, pero no se trató de una tilde que se escapó volando o una sílaba que se resbaló del atril. No. Fue una creación nueva, una síntesis genial entre el concepto de aristócrata -sistema de gobierno dirigido por una élite que sobresale por su sabiduría- y Aristóteles, el sabio de Estagira, al que debemos algo más que frases para camisetas motivacionales. Por lo tanto, hemos pasado de ser aristotélicos a aristocráticos de un plumazo.

Resulta difícil determinar si Aristócrates fue discípulo de Sócrates o maestro de algún think tank del siglo XXI. Si paseaba por el Liceo o por los pasillos del Congreso. En todo caso, la ministra, en una definición que podríamos considerar de mitología posmoderna, ha creado un nuevo ente que rivaliza con las sombras platónicas: el pensador de clase alta o el filósofo de esmoquin.

Conviene recordar que la filosofía griega, esa escuela de sabiduría que nos dio a Pitágoras y su mística de los números, a Heráclito y su río que nunca es el mismo, a Platón con sus mundos ideales, y a Sócrates, que enseñaba preguntando y convirtiéndolo todo en una forma de vida. Para Aristóteles, el conocimiento era un fin en sí mismo. El hombre, decía, es un zoón politikón, un animal político. Hoy, a la vista de ciertos discursos de algunos, parecería más bien un zoón televisivón, siempre listo para el corte viral.

Pero ¿quién fue realmente Aristócrates? ¿Un aristotélico con pretensiones nobiliarias? ¿Una invención de Margarita Robles, fruto de un mal momento en su escaño como a tantos nos puede pasar? ¿O quizás, el símbolo de una clase política que ha oído campanas, pero no sabe si son de la Academia o del Congreso?

El error, más allá del desliz lingüístico, nos habla de una verdad más profunda y triste, la banalización de la cultura, el uso del nombre del filósofo como adorno, como quien cita a Shakespeare para justificar una política de defensa. Lo trágico no es confundir a Aristóteles con Aristócrates. Lo trágico es creer que da igual.

Imaginemos por un momento al filósofo griego en su tumba, en la región de Calcis, al escuchar su nuevo nombre. Primero frunce el ceño. Luego, sospechamos, se lleva la mano al mentón. Y finalmente, en un gesto típicamente heleno, alza la voz desde el Hades, exclama su desconcierto y se revuelve en su túmulo. Vamos, es que lo estoy viendo.

Así pues, bienvenida sea esta nueva criatura del esperpento ibérico. Aristócrates ya no es sólo un error involuntario, es un símbolo. Un espejo que nos devuelve la imagen de una clase dirigente que cita sin saber, que habla sin leer, que filosofa sin pensar. Y, sobre todo, la pronunciación de un nombre que suena a importante. Como Aristócrates, un monumento a la confusión dialéctica y un diploma a la oratoria de ocasión.

Manuel García Félix

Diputado nacional en el Congreso por la provincia de Huelva