Los relojes blandos

Fuente: Salvador Dalí.
Cuando la política se hace arte: el Congreso, nueva galería del surrealismo español

El tiempo, ese espacio de tensiones que generaba, según Unamuno, el sentimiento trágico de la vida, se derrite cuando la razón se eclipsa. Salvador Dalí lo supo antes que nadie, cuando pintó aquellos relojes blandos, colgando de las ramas y sus bordes como si el tiempo, hastiado de su propia exactitud, decidiera echarse la siesta sobre un paisaje de sueños. Era 1931 y el surrealismo, esa subversión de la lógica, se desplegaba por Europa como una tempestad de imaginación. André Breton había proclamado su manifiesto como una llamada a liberar el pensamiento del yugo de la razón; René Magritte hacía llover hombres con bombín sobre las ciudades y Joan Miró inventaba constelaciones donde el color era un idioma sin gramática.

Hoy, casi un siglo después, el surrealismo ha encontrado su nueva galería expositiva: la bancada azul del Congreso de los Diputados. Aquí los relojes también se ablandan, los minutos se doblan sobre sí mismos y el tiempo político se estira como una silicona bajo la cúpula de cristal. La realidad, deformada y viscosa, parece obra de un Dalí redivivo con acta de ministro.

Es surrealista, creo que no hay otra palabra más precisa, escuchar en la tribuna a quien predica la transparencia mientras camina entre sombras judiciales; ver cómo se confunde el verbo con la coartada. Yolanda Díaz, sacristana de una parroquia de fieles entregados al dogma del sanchismo, oficia su misa laica con la convicción de que el incienso sustituye a la coherencia. Lo hace, quizá, por fe; o tal vez por supervivencia. Nadie sabe si su nombre seguirá en la próxima lista del puño y la rosa, ni si habrá incienso suficiente para tanto altar.

Surrealista también fue aquella confesión involuntaria en el Senado, cuando la vicepresidenta dijo en un lapsus de sinceridad freudiana, que queda gobierno decorrupción para rato. El subconsciente, como diría Breton, es un orador muy honesto de la política.

Y más surrealista aún resulta escuchar a Míriam Nogueras, la portavoz de Junts, exigir al presidente Sánchez que no hable de cambios de hora, sino de la hora del cambio. Lo dijo con la seguridad de la que se siente sostenedora del gobierno, pero sigue manteniendo en la poltrona al relojero mayor del Reino, el mismo que ajusta las manecillas a conveniencia de sus socios. Los relojes, ya marcan otra cosa: un tic-tac que suena a cuenta atrás.

Merche Aizpurua, de Bildu, habla de derechos humanos en el hemiciclo mientras su partido sigue sin condenar el terror que destrozó miles de vidas. ¿Qué diría Dalí de este cuadro? Probablemente añadiría una máscara derretida sobre un micrófono.

Y mientras tanto, el país avanza sin Presupuestos Generales del Estado, ya tres años seguidos, camino del cuarto. La ministra Montero sigue sentada en el banco azul, como un reloj de cera que no termina de deshacerse, aunque la Constitución se licúe a su alrededor.

El surrealismo sanchista ha elevado a dogma lo que antes era anomalía: lo irracional se normaliza, lo ilógico se institucionaliza, lo imposible se aplaude. Cada sesión de control es una exposición de arte contemporáneo: el presidente, entre sonrisa y evasiva, muestra su cuadro más reciente: una España pintada con brocha gorda y barniz de soberbia,mientras los diputados del PP tomamos nota, entre la incredulidad y la ironía.

Dalí estaría fascinado. Porque aquí los relojes, además de ablandarse, se derriten del todo. Y en ese lento goteo del tiempo sin tiempo, como en la canción de Mario Benedetti, la voz de Míriam Nogueras resuena como un eco de conciencia: Ya es la hora del cambio.

Quizá tenga razón. Quizá este gobierno, que lleva años manipulando las manecillas del país para que siempre marque la hora del sanchismo, tenga ya las horas contadas.

Y así, desde mi escaño, contemplo la escena. Los relojes cuelgan de las lámparas del hemiciclo, el aire se ondula como una pintura de Dalí, y en el centro, la figura del presidente posa satisfecho, pincel en mano, mientras el tiempo, ese juez insondable,comienza, por fin, a solidificarse.

Manuel García Félix

Diputado en el Congreso por la provincia de Huelva