El Presidente de Argentina le ha pegado un buen repaso a Pedro Sánchez en Davos. Por muchas manipulaciones que se quieren hacer, uno ha ido allí para hablar de libertad de expresión y el otro para hacer una apología de la censura. No ha perdido la oportunidad el líder español, en consonancia con toda la izquierda woke que defiende a capa y espada la limitación del derecho más sagrado, tachando la discrepancia de ‘bulo’ o ‘discurso de odio’. Para ellos, que van de antisistema cuando verdaderamente son el sistema, no estar de acuerdo con las políticas supremacistas de género es ser un machista, no comulgar con la política climática equivale a ser un ecogenocida y señalar los aspectos más adversos de la inmigración ilegal te convierte automáticamente en un racista y un xenófobo. Con gente así no se puede convivir.
Ya el PSOE demostró sus intenciones durante la pandemia, lanzando toda una ofensiva contra cualquiera que osara criticar al gobierno, manando incluso a la Guardia Civil a fiscalizar el discurso en las redes. Ahora esta es la tendencia en los gobiernos de la Unión Europea, tanto socialdemócratas como conservadores, que vienen a ser básicamente lo mismo. Bajo la máscara de la defensa de la democracia, late un pulso autoritario sin igual que está nutriendo de votantes disidentes de la verdad oficial a los partidos soberanistas. Esta es la única prueba de la existencia de cierta salud democrática pues, por mucho que se empeñen las élites globalistas, el voto todavía es libre.
Se dice ahora que Elon Musk, al opinar libremente sobre las elecciones en Alemania, comete una injerencia en los asuntos internos de un país soberano. Entonces digo yo, ¿cómo cabe calificar a todos esos jefes de gobierno, ministros y políticos de primera fila que se han pasado toda la campaña electoral de Estados Unidos apoyando expresamente a los Demócratas y a Kamala Harris, mientras denostaban al hoy presidente y al Partido Republicano? ¿Deberían los Estados Unidos sancionar a los países que han permitido que sus líderes hicieran eso? ¿Cuando hablaban ejercían la libertad de expresión, o pretendían orientar intolerablemente a los ciudadanos de una nación soberana? La doble vara de medir es increíble.
Y quien siembra vientos, recoge tempestades. Porque invalidar las elecciones en Rumanía ha sido un auténtico punto de inflexión. Aunque han sido las autoridades rumanas las que lo han hecho, la complicidad y la aprobación de Bruselas es patente. Lo mismo puede suceder en Alemania. Así lo ha llegado a insinuar el excomisario europeo Thierry Breton en el caso de que el partido Alternativa para Alemania (AfD) consiguiera la victoria en los comicios. Si antes ya había millones de euroescépticos, después de esto ya hay el doble. Y con razón. El mensaje es claro: sólo vale el voto correcto. Y el voto correcto es aquél que va en consonancia con los partidos tradicionales, el Globalismo y la ideología woke. Muchos están empezando a abrir los ojos.
Quienes ahora hablan de limitar la libertad de expresión para evitar discursos ‘dañinos’ son los mismos que apoyarían la invasión de países con la excusa de que se va a implantar la democracia allí, y a liberarles de la tiranía. Estamos en tiempos de retroceso de libertades, en el que las élites ya no disimulan sus propósitos liberticidas. Donde lo políticamente correcto se impone en los medios de comunicación, en las empresas y quieren también que en las redes sociales. Por eso los países occidentales se están lanzando a una catarata de regulaciones masivas y de intervención de las comunicaciones con la excusa del COVID primero y de la Guerra de Ucrania después. Hay que evitar nuevas pandemias, sí; hay que parar a Putin, también; pero esto no puede hacerse a costa de la libertad de los individuos, sea para acertar o sea para equivocarse.
Las luchas en el horizonte político no son ya entre Derecha e Izquierda. Lo son entre libertad de expresión y censura. Entre Soberanismo y Globalismo. Toca elegir.