El escenario planteado por las recientes elecciones en Rumanía, Portugal y Argentina ya era de por sí revolucionario. Que opciones ideológicas, tales como el soberanismo y el libertarianismo hayan aspirado a medirse de igual a igual con el conservadurismo y la socialdemocracia tradicionales ya indica algo. Pero el que hayan obtenido posiciones en los parlamentos que les conviertan en los líderes de la oposición, cuando no les abran las puertas del gobierno directamente, es una prueba contundente de que los vientos soplan en un sentido opuesto al que se suponía tan sólo hace unos pocos años.
Estamos hablando de grupos que, hasta no hace mucho, eran marginales. Sólo sus acérrimos seguidores les votaban. El resto se repartía entre las ideologías tradicionales o la izquierda woke. Y aquí está la clave del tema. Pues este último planteamiento, que ha impregnado incluso a estas ideologías tradicionales, ha destruido el vínculo entre los obreros y los partidos de la izquierda clásica. Que no quiere decir antigua. Esta izquierda, compuesta por los partidos comunistas y socialdemócratas, había hecho siempre de la defensa de las condiciones materiales de los trabajadores su bandera principal. E, independientemente de sus éxitos o sus fracasos en este campo, lo cierto es que entre los trabajadores existía una identificación clara de qué partidos podían representarles.
Todo cambió con el advenimiento de la denominada como 'nueva izquierda', de la que el Mayo del 68 francés fue su máxima expresión. Que, a su vez, se combinó con el identitarismo woke de influencia anglosajona. Lo que, con la caída del Muro de Berlín, trajo consigo un progresivo alejamiento de izquierda de su base electoral más inmediata, para concentrarse en la defensa de causas y grupos no sólo ajenos a los obreros, sino directamente enfrentados a ellos.
Así, frente a la mejora del bienestar material, se impuso el fanatismo climático que pide el cierre en masa de centrales y fábricas, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. Frente a la igualdad entre los ciudadanos, se alza la discriminación por género y el supremacismo feminista cargado de odio hacia el hombre. Frente al alivio del día a día, llega la subida de impuestos a los productos básicos y a la carne para condicionar lo hábitos alimenticios. Frente a la defensa de los intereses de seguridad y supervivencia de los trabajadores manuales, se les obliga a asumir las consecuencias negativas de una inmigración ilegal descontrolada y al incremento de la presión fiscal para sostener a los holgazanes que hacen de la vagancia una virtud.
El divorcio evidente entre una 'izquierda pija' y unos obreros que no saben ahora a quién acudir para defender sus intereses lo que ha provocado, como no podía ser de otra manera, que millones de persona pongan sus esperanzas en las emergentes fuerzas soberanistas. Mal llamadas de extrema-derecha, en un juicio tan perezoso como desinformado, ahora mismo se trata de algo más que unos partidos que se estén abriendo paso en los parlamentos europeos y extramuros, sino que estamos ante una poderosa ideología que, a falta de un buen tratadista que le dé forma y delimite bien sus contornos, responde a una rebelión genuinamente popular que se dirige contras las élites adineradas tradicionales. Que imponen sus agendas destructivas y ajenas totalmente a la realidad material del ciudadano de a pie.
Estas élites no sólo es que tuerzan el gesto ante este envite, sino que, como ellas mismas han declarado, están dispuestas a tomar cartas en el asunto y a interferir en procedimientos electorales, inhabilitar a candidatos y a ilegalizar partidos con tal de no perder el poder. Todo en nombre de la libertad y de la democracia. Lo que, para su frustración, genera el efecto contrario, quedando al descubierto sus propias credenciales antidemocráticas. Esas mismas que pretenden imputar al adversario. El horizonte se antoja cruento, por cuando que dichas élites no van a retirarse tan fácilmente, y será preciso echarlas mediante un empuje político cargado con la energía demográfica de aquellos que no se resignan a desaparecer.