Opinión

España 2023: año negro

Despedimos el año 2023 en una encrucijada política como no ha habido en décadas. Los recientes comicios electorales, tanto locales como generales, no han contribuido a aportar una mayor estabilidad en el panorama político sino al revés, a fomentar una polarización cada vez mayor.

Ciertamente, 2023 ha sido un año políticamente intenso. La ola ideológica ha dado bandazos tanto en un sentido como en otro. Los diferentes polos de atracción mayoritarios han absorbido a la masa neutral que decanta la balanza hasta el punto de que esa misma masa social demanda ya no moderación, sino una defensa acérrima de los principios más puros de cada espectro ideológico.

Todo esto a la vez que se percibe un hartazgo cada vez mayor que, ahora, juega en contra de las nuevas formaciones que nacen y mueren. Se ha escuchado tanto eso de la regeneración política que pocos ciudadanos le otorgan ya credibilidad, prefiriendo 'más vale malo conocido, que bueno por conocer', lo que equivale a un viraje del voto hacia los partidos tradicionales y en la búsqueda del cambio en las facciones reformistas que anidan en su seno.

Concretando un poco más: las elecciones municipales consolidaron e incluso impulsaron a un Partido Popular que debía exhibir el liderazgo de Feijóo después del desastre de Casado, y las elecciones generales apuntalaron a un Partido Socialista que parecía destinado a dejar la Moncloa, aritmética parlamentaria mediante. El escenario vuelve a donde empezó todo: con un PP y un PSOE en plena forma y con sus respectivas maquinarias políticas a pleno rendimiento.

Por el contrario, las formaciones bisagra de cada uno no pasan por su mejor momento. Vox parece que ha llegado a su techo electoral, y tanto la marcha de Espinosa de los Monteros como la incapacidad para aportar soluciones concretas a los problemas cotidianos más allá de las soflamas patrióticas le ha pasado factura. Podemos ha pasado el punto de no retorno hacia la irrelevancia política y Sumar se las ve en la difícil tesitura de tener que aglutinar y disciplinar a quince partidos bajo un programa coherente común, sin perecer en el intento.

Pero, dejando aparte todo lo anterior, España finaliza el año más dividida y enfrentada que nunca. La Amnistía, las cesiones a los nacionalistas, la demolición sistemática del Estado de Derecho y, en definitiva, la práctica cotidiana de la mentira descarada como arma política han dejado a la población con una enorme desconfianza respecto de quienes no piensen como ellos. Sean de la ideología que sean.

El radicalismo llama al radicalismo, y la intolerancia llama a la intolerancia. Ojalá pudiera esperarse que, para este 2024, los responsables políticos en el poder sepan limar asperezas y reconducir a la población por el camino de la convivencia. Sin embargo, visto lo visto, lo más probable es que todo esto sólo vaya a peor.