La hipocresía y el cinismo político pocas veces se hace evidente de una forma tan descarnada como con la guerra de Gaza. Parece -sólo parece- que se ve la luz al final de túnel. En cualquier caso, los trabajadores españoles no van a olvidar que sus grandes centrales sindicales, CCOO y UGT, que no han convocado ninguna huelga general desde que el PSOE se hizo con el poder, se han sumado a la convocatoria de la CGT. Ni el paro juvenil, ni la temporalidad estacional del empleo, ni la pérdida del poder adquisitivo, ni la elevación prohibitiva del coste de vida, ni la ausencia de perspectivas de futuro... Nada. Nada parece importarles a los sindicatos paniaguados.
Pero Palestina es otra cosa: los sindicatos han abandonado a los trabajadores manuales españoles para preocuparse por personas que viven a miles de kilómetros. Saben que su afiliación baja cada día más, y que sus únicas opciones de supervivencia pasan por apegarse lo máximo posible a la agenda política de quienes les van a regar a subvenciones. Para las gambas, la cocaína y las prostitutas, ya se sabe.
Y es que, con estos mimbres, nadie puede extrañarse lo más mínimo de que en el PSOE, Podemos y Sumar haya caras largas. Catadura moral que brilla por su ausencia: son los mismos que se han llevado las manos a la cabeza por que le hayan dado el Nobel de la Paz a María Corina Machado, cuando todos saben que quien verdaderamente se lo merece es Nicolás Maduro. La distancia entre estos partidos y sus pretendidas bases tan sólo es superada por la que les separa de la población gazatí: esa pobre gente saluda un plan de paz que detiene la maquinaria de la muerte, mientras un manifestante pro-palestina en España desea que el acuerdo fracase desde la seguridad de su IPad.
Esta guerra es un negocio político que a algunos no les interesa que termine. Porque, entonces, ¿por qué causa manifestarse ahora? Por la situación de los obreros seguro que no. Si los partidos que se dicen de izquierda han creado una batalla política para dividir por enésima vez a la sociedad en dos bandos irreconciliables a causa del término 'genocidio', lo han hecho para tener una causa sobre la que movilizar. No hacen lo mismo ante el auténtico genocidio que se está llevando contra los cristianos como grupo en algunos países del sudeste asiático y del África subsahariana. No lo hacen ante el evidente exterminio -ignorado por la comunidad internacional- de la minoría uigur por el régimen comunista chino, como tampoco ante la limpieza étnica operada por la monarquía alauí de Marruecos contra la población saharaui, moneda de cambio entre Madrid y Rabat bajo un gobierno de coalición entre el PSOE y Podemos.
La muerte, según el interés político, importa más o importa menos. Lo que no quedará impune en las urnas.