La urgencia de acabar con el Pacto Verde Europeo

Imagen de Dušan Cvetanović en Pixabay

El baño de masas ocasionado por el acto del grupo del Parlamento Europeo Patriots pone sobre el tapete una realidad incómoda para muchos: el creciente apoyo que los partidos soberanistas tienen entre la ciudadanía europea. Ciudadanía que no necesariamente tiene que ser antieuropea, o anti-unión. Que son dos cosas diferentes. Pero que desde luego sí que están en profundo desacuerdo con la deriva autoritaria de esta organización. Un autoritarismo que se extiende a los países que alberga en su seno, al tratarse la Unión Europea de una organización internacional a la que los estados que la componen ceden soberanía.

El autismo moral de las élites de Bruselas es digno de estudio. Las últimas elecciones europeas han sido un aviso y un fuerte toque de atención sobre que el camino que se lleva actualmente no es el correcto. Pero nada. Ni la Comisión se ha compuesto siguiendo los resultados electorales ni las políticas que se están poniendo en marcha van en consonancia con ello. Da la impresión de que, se configure el parlamento como se configure, todo va a seguir igual. No se puede culpar a nadie por percibirlo así. Como tampoco por otorgar su confianza a fuerzas políticas que aspiran a detener el suicidio económico europeo al que se está obligando a los países miembros de la UE.

El modelo por el que Europa ha optado y que está imponiendo por las malas, es el desmantelamiento de los sectores primario y secundario para obtener obedientes economías terciarizadas con nula productividad, incapaces de competir con las grandes potencias y extractoras de los recursos de los más jóvenes para mantener a unas clases pasivas cada día más grandes. Por eso no se le puede pedir a unos jóvenes que van a vivir peor que sus padres que apoyen la Agenda 2030 de tener menos y ser feliz. Porque es un engaño, una estafa y un insulto a su inteligencia.

Para operar esto, se ha diseñado una histeria climática que deriva en el consiguiente fanatismo climático, del cual no cabe discrepar ni un ápice, y que presiona a las economías -especialmente a los productores y a los trabajadores- con duras regulaciones burocráticas e impuestos. No tiene sentido que se importen combustibles fósiles más caros a otros estados a la vez que se impide explotar nuestros propios yacimientos de gas. No se puede tolerar que las personas más humildes paguen una luz más cara y sufran por llegar a fin de mes porque explotar la energía nuclear está mal visto por el lobby climático, financiado por las multinacionales de las renovables. Que hasta hace muy poco eran grandes magnates del petróleo a los que les daba igual el impacto medioambiental de sus negocios.

Por estas razones, es urgente neutralizar el pacto verde europeo, no por estar en contra del cuidado del medioambiente, sino por el peligro mortal para el desarrollo de la economía y para la generación de una riqueza que pueda ser adecuadamente redistribuida entre las rentas más bajas. No es algo sobre lo que se pueda discrepar con argumentos moralistas. Porque toda esta regulación desquiciada parte de psicología de que podemos sacrificar una o dos generaciones de jóvenes y algunos que otros porcentajes de la población en aras de un grandioso como abstracto porvenir. Y esto es algo que pretenden quienes se desplazan en aviones y coches de lujo extremadamente contaminantes a hacer pedagogía en las cumbres sobre el clima.