‘Vladimir, si vas a por Ucrania voy a golpearte tan fuerte que ni siquiera te lo vas a creer. Voy a golpearte justo en el medio del jodido Moscú’. ‘Le dije: 'Somos amigos. No quiero hacerlo, pero no tengo alternativa'. Respondió 'De ninguna manera'. Y le dije 'Sí'. Le dije 'Te voy a golpear tan fuerte que voy a volar esas putas cúpulas de encima de tu cabeza.’
Fue lo que afirmó el propio Trump que le dijo hace tiempo al mandatario ruso. Aunque no existe registro de la fecha concreta, viene a suponer un ejemplo claro de la diplomacia de alto voltaje practicada por quien ahora reina en Washington.
Es tentador dejarse llevar por los simplismos y la ideología, trazando análisis de brocha gorda afirmando que la actuación de la Administración Trump respecto a la Guerra de Ucrania es primitiva y salvaje. Es fácil concluir que, simplemente, el americano se está bajando los pantalones y que ahí acaba todo. Quienes detesten a Trump dirán que está loco y que apuñala a Europa. Quienes lo admiren afirmarán que está poniendo fin a una guerra cruel y trabajando en aras de la paz. Lo dicho: fácil. Pero hay que ir más allá.
Pues no hay que olvidar que las cabezas pensantes del gobierno estadounidense distan mucho de la falsa apariencia de 'redneck' primitivo. Esencial en la estrategia negociadora es que nadie sepa cuándo vas de farol, y que desde luego jamás se sepan de verdad cuáles son tus cartas. Por eso hay que situarse ante unas realidades evidentes en función de los intereses americanos ahora. Porque si hay algo que Trump persigue es dejar de tener que sacarles las castañas a Europa mientras sus gobernantes se dedican alegremente al despilfarro hablando de paz, pero bajo el respaldo de los misiles americanos.
También sabe otra cosa: ni a los rusos ni a Putin les interesa que termine la guerra. Su escenario preferible (descartando la victoria total) es la congelación del conflicto, eternizándolo. La industria armamentística y el Ejército han permitido al Kremlin obtener cifras récord de empleo. Y las familias rusas sólo seguirán tolerando que los jóvenes de veinte años vuelvan a casa metidos en un ataúd si, al menos, hay trabajo y hay pan. Detener la guerra ahora significa para Putin dos cosas: volver a enfrentarse a una desastrosa situación económica y tener que reconocer que no ha conseguido ninguno de los objetivos que se propuso al desatar la invasión de Ucrania. Está claro que no puede permitírselo.
Si los americanos son conscientes de esto, saben que ofreciendo mucho ahora pueden justificar un aumento del apoyo a Kiev si los rusos se niegan aceptar un cese de las hostilidades en condiciones tan favorables. A fin de cuentas, es probable que Putin no acepte las condiciones americanas, dilatando las negociaciones y alargándolas hasta la saciedad sin decir que no. Si esto sucede, inevitablemente los rusos quedarán en una peor posición de relato frente Estados Unidos. Una rama de olvido que fue apartada de un manotazo. En ese momento, redoblar el esfuerzo bélico para que Ucrania pueda recuperar gran parte del territorio ocupado es algo que nadie se negará a apoyar, y que Trump podrá vender como la única alternativa tras el desplante ruso, sin incumplir su promesa electoral.
No es un cálculo descabellado ni una estrategia irracional. Si bien es cierto que, hoy por hoy, Ucrania no tiene capacidad militar para recuperar esas tierras, como ha quedado demostrado. Al igual que es cierto también que Rusia no puede romper los frentes ucranianos como si de atravesar la mantequilla se tratase. En estas, le queda a Europa la tarea de mover ficha, si no quiere ser condenada a la irrelevancia. A los complacientes ejecutivos europeos les ha pillado el toro y quieren subir a toda prisa el gasto militar para poner sus ejércitos a punto y no tener que depender del Tío Sam. Lo que pasa es que esto llevará décadas, y para que los países europeos (tanto de la Unión como de fuera de ella) tengan ejércitos que permitan hablar de tú a tú con las grandes potencias pasará demasiado tiempo. Tiempo que Ucrania no tiene.
Así que, guste o no, el pez grande se come al pequeño. Y toda esa fantasía de la gobernanza internacional se ha revelado como una estafa cínica. El orden internacional depende de la voluntad de las grandes potencias. Punto. Como el fin de la guerra en Ucrania demuestra con toda su crudeza y crueldad. Por esta razón. Europa debe dejarse de fantasías celestiales, recordar cómo funciona el mundo realmente y adoptar un rol impetuoso que la lleve a convertirse en lo que siempre debió ser: una gran potencia política, militar y económica.