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Otoño en Europa (en muchos sentidos)

Por Tino de la Torre

Fue episodio apasionante en la Segunda Guerra Mundial y fue alto secreto durante muchos años. Hitler sabía de la importancia de que Gran Bretaña no entrara en la guerra. De no hacerlo tendría una mayor capacidad y recursos para atacar Rusia una vez que la toma de Francia fue más rápida de lo esperado. Y envió a Rudolf Hess con una carta proponiendo la paz e incluso la retirada de Europa Occidental de tropas en mayo 1941. Churchill no aceptó aquellos términos porque no pensaba que Hitler fuera un tipo del que se pudiera fiar en ningún aspecto. Rudolf Hess, tras la entrega del mensaje, fue detenido hasta que, acabada la contienda, fue juzgado y condenado por crímenes de guerra.

Nadie sabe muy bien que podía haber en la cabeza de Hitler y su cúpula militar, pero es posible que no fuera solo el temor de un país más al que combatir, sino también la capacidad que podían tener los británicos de poder involucrar a Estados Unidos en la guerra, como finalmente ocurrió.

En general, el Imperio Británico ha sido muy proclive al “Espléndido Aislamiento” (en inglés “Splendid Isolation”) que es un término referido a la política exterior del Imperio Británico y que parece que renace con fuerza ahora con el Brexit. O quizá el Brexit ha sido necesario para poder volver a esta época gloriosa de la política y el comercio británico. Y consiste en no hacer ninguna alianza permanente con nadie en todo el mundo, al reconocerse Gran Bretaña como un territorio con extensión y ejército más pequeño que otros países y con tantos kilómetros de costa, por donde ser atacado. Lo mejor para ellos es ir haciendo compañeros de viaje que se van cogiendo y dejando. Puro pragmatismo protestante.

Gran Bretaña siempre ha tenido una vaga y tenue pasión europeísta que le llevó a ser miembro de la Unión Europea en 1973, después de un par de intentos fallidos y ha sido (la Comunidad Europea) un compañero de viaje para ellos bastante interesante (mientras lo ha sido). Pero siempre con reticencias. No había más que darse una vuelta por cualquier ciudad británica y sentir que aquello “no respiraba” Europa por no recordar que nunca adoptaron el euro como moneda; en una actitud de dejar una puerta abierta “por si acaso”.
Puerta que han aprovechado para irse, cuando Europa ha dejado de ser interesante y ha perdido peso internacional en favor de otros países e intereses geopolíticos.

Ese esplendido aislamiento tan británico de aliarse “con quien mejor me venga” parece que se ha decantado recientemente y de forma clara hacia Estados Unidos. Europa no es lo que era, para que nos vamos a engañar. Con la excepción de Alemania que marca un ritmo propio y disciplinado. Pero el resto de la Unión parece caminar en un mundo en el que se multiplican los derechos de los ciudadanos, la protección de las etnias (cualquier etnia), enorme burocracia, impuestos en ascenso… lo que resulta difícil en un mundo tan competitivo como el actual y en donde Asia, casi toda Asia, tiene tanto que decir.

Hace pocos años la mayoría de los países de Asia eran destinos exóticos para ir en viaje de novios, pero ahora son potentes máquinas de fabricación de bienes de consumo, no tanto de creación de patentes y tecnología (a excepción de Corea del Sur) y que van conquistando mercados y axfisiando a las industrias europeas, por ejemplo.

En esta aldea global da la impresión de que veremos un gran desembarco de Estados Unidos en Gran Bretaña, que será un “acercamiento” de Estados Unidos a Europa. Y de ese acercamiento mutuo veremos (estamos viendo) como los socios se cuidan y dejan de lado a los que no lo son. En este caso y poco después del Brexit vemos como el descomunal pedido (por importes y puestos de trabajo) de submarinos que se hacía a Francia (y que era bueno para toda Europa) para la armada de Australia lo hará ahora Estados Unidos.

Las razones que se esgrimen son pobres: un acuerdo llamado Aukus que pretende unir fuerzas estratégicas de Estados Unidos, Reino Unido y Australia para contrarrestar la pujanza de China en la región del Índico y el Pacífico. El golpe es duro, por lo económico pero también porque Francia tiene presencia en el Indico y de alguna manera se ningunea. El cabreo es descomunal pero no parece que tenga marcha atrás.

Europa es un lugar amable para vivir, tendremos un otoño con paisajes increíbles, escucharemos a Mozart y a Wagner, abriremos botellas de buen vino, y hablaremos mucho de reivindicaciones históricas y cosas por el estilo. Pero por ahí fuera están a otra cosa y debemos ser conscientes de que fuera de Europa se libra una guerra, comercial en este caso, y hay que despertar. De nuevo, una frase de la inolvidable peli Casablanca viene a la cabeza y que habla de ese casi dolce far niente en el que vivimos: “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”.

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