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Una victoria de Ayuso, no del PP

(Firma: Pablo Gea)

Pablo Casado se ha apresurado, como es natural, a sacar rédito político de la victoria de Isabel Díaz Ayuso. Como ella misma es consciente, dicha victoria se debe en gran parte a un voto prestado, es decir, a un voto que está fuera de las fronteras ideológicas y sociológicas que tradicionalmente han sido coto del PP. La desastrosa estrategia de Ciudadanos ha llevado a quienes se sitúan en el centro liberal e incluso en el centro-izquierda o la socialdemocracia a optar por Ayuso como una alternativa viable y fresca, frente al atrincheramiento bolivariano en el que parece haberse quedado la izquierda, que no ha hecho la más mínima autocrítica de su gestión de la pandemia ni ha sido capaz de lanzar un mensaje claro más allá del autobombo y del consabido tópico de etiquetar como ‘fascista’ a cualquiera que no piensa como ellos.

Dejando aparte los garrafales errores estratégicos de quienes, sin duda, son los grandes perdedores de estos comicios, lo que sí que tiene que quedar claro es que esta victoria rebasa con creces la responsabilidad de una mera formación política como es el PP. Esto es algo coherente con los nuevos tiempos revolucionarios que la comunicación, y en especial la comunicación política, vive. La hipermediatización ha derivado en una cuasi-obligatoria personalización del producto político que se vende, razón por la cual el candidato es hoy más importante que nunca. En concreto, la marca que se ha vendido en Madrid no es la ‘marca PP’, sino la ‘marca Ayuso’. Una marca que si ha seducido ha sido en gran parte no sólo gracias a los méritos de la propia candidata -que también- sino al efecto búmeran consecuencia de la política de acoso y derribo que desde La Moncloa controlada por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se ha puesto en marcha para acorralar y destruir a Ayuso. Algo tan obvio e indisimulado que ha perdido todo el posible efecto movilizador que dicha estrategia preconizada por Iván Redondo pudiera tener.

Pero, de igual manera, y pese a lo que la propaganda se empecina por sostener, no ha ganado Ayuso incluso en los feudos de la izquierda más dura porque represente una suerte de ‘trumpismo’ a la española, sino precisamente por lo contrario: se ha convertido en un polo de atracción de sectores liberales y aperturistas que se oponen tanto al populismo de Vox como a las veleidades autoritarias de la izquierda más rancia. Esta mezcla de sensaciones, intereses e incluso de épica en el relato ha dado lugar un plato fuerte que, a la vista de los resultados, se ha revelado como imbatible.

Dicho lo cual, se trata de una victoria pírrica para Pablo Casado, que ha estado completamente desubicado y desdibujado durante la campaña. Sabe que el mérito es de Ayuso y no suyo. Su última gran victoria simbólica, la de Galicia, también se debió a la fuerte personalidad de otro barón como es Alberto Núñez Feijóo. Y no es que Casado tenga algo que temer -al menos por ahora- ni de él ni del otro gran varón popular, Juanma Moreno en Andalucía. Pero lo que sí que es insoslayable es que el líder del PP se encuentra compartiendo espacio mediático con dos de los líderes más jóvenes, frescos y con mayor tirón mediático del partido, la propia Ayuso y José Luis Martínez Almeida, que es alcalde de Madrid, nada menos. Razón por la cual no es descabellado que desde Ferraz se les trate de frenar su salto a la política nacional en caso de que lo intentaran.

En cualquier caso, Pablo Casado se ve ahora, quizás, en una coyuntura si acaso más difícil de cara a pacificar su feudo. Sabe que no tiene ni el carisma ni el tirón electoral que sus líderes territoriales y que, de no alcanzar pronto una victoria que sea exclusivamente suya y de su aparato, la guardia pretoriana del Partido Popular, como en el Imperio Romano, le eliminará y nombrará un nuevo emperador que les conduzca a la victoria. En este sentido, los movimientos internos para imponer ejecutivas y cargos burocráticos que controlen la maquinaria política ya venían produciéndose desde hace unos meses y ahora no van a hacer otra cosa que acentuarse. Pues no se olvide una cosa: la decisión de convocar unas elecciones que se han saldado con una victoria tan abrumadora para el PP no la tomó Casado sino Ayuso; en otras palabras, no la tomó quien debió hacerlo (el líder del partido) sino un barón que debía seguir las directrices del máximo dirigente. Y todos, sin excepción, entienden lo que esto significa.

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