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Vender Huelva

Las vacaciones no sólo son dichosas para relajarse y desconectar. Si bien este es y debe ser el objetivo principal, lo cierto es que constituye un momento privilegiado para observar con atención. Observar detenidamente qué falla en uno de los caballos de batalla principales de Huelva: el Turismo y la proyección de la ciudad. Pues una cosa y la otra van de la mano. Ahí están aquellas estampas evidentes para quien quiera verlas, de turistas europeos que se bajan de los cruceros (muchos alemanes, daneses, noruegos o suecos) no para detenerse en la visita cultural de la ciudad de Huelva, sino para pasar de largo e irse a otros lugares. Incluso fuera de la propia provincia, como la ciudad de Sevilla.

Antes de caer en los tópicos consabidos que, cual microcosmos de las taras españolas, algún que otro onubense de a pie repite de manera machacona, conviene ser francos.

Porque resulta inconcebible que una ciudad como esta, repleta de restos arqueológicos y que respira Historia por todos sus poros, sea virtualmente incapaz de explotar sus tesoros.

No es una cuestión achacable a los abnegados responsables de la gestión de los restos, sino de la indolencia de los sucesivos equipos que han dirigido los ayuntamientos durante décadas, ya sean estos populares o socialistas. Se trata de algo que atañe a la visión que se tiene de la ciudad inserta en la provincia. De un proyecto claro y de saber venderlo. De saber vender Huelva. De hacer propaganda. De convertir Huelva en un destino obligado para el visitante.

Durante muchos años, los líderes onubenses se han concentrado en resaltar lo que nos diferencia de otras ciudades andaluzas, en un claro contraste identitario que se justifica en la búsqueda de esa misma identidad. Un error de base: la identidad está ahí. Tan sólo basta que los onubenses terminemos de creérnosla y de que sepamos enfocarla adecuadamente primero para proyectarla fuera después.

La política de la envidia y de la mediocridad autocomplaciente que los políticos que van a lo fácil han regado todos estos años tiene que ser sustituida por la audacia juvenil de quien sabe vender una visión fresca y actual, aunque sin perder de vista las raíces. Esta es una meta fundamental, alejada de la aceptación de que todo siempre seguirá igual y de que nada cambiará esté quien esté.

Opinión / Pablo Gea

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