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Vox: un partido anti-liberal

La última Encuesta del CIS ha hecho regodearse a los estrategas mediáticos del partido verde. El espectáculo generado en torno a la fallida Moción de Censura parece haberles impulsado en intención de voto. Así lo señalan algunos analistas. Si bien lo cierto es que dicho aumento de base social -o, al menos, electoral- se debe más a las torpezas del actual Gobierno PSOE-PODEMOS que a la capacidad genuina de VOX para movilizar y organizar tras de sí a una serie de colectivos con intereses coincidentes. Pese a ello, el ascenso de un partido como este no puede suponer sino una mala noticia para los españoles. Y no por el consabido chascarrillo que afirma que son ‘fascistas’ o ‘nazis’. El Fascismo y el Nacionalsocialismo constituyen algo completamente diferente, enfocado a una visión utópica milenarista impulsora de una revolución social, en lo moral y también en lo económico.

Por el contrario, VOX, pese a su pretendido camuflaje ‘liberal’, representa un planteamiento reaccionario defensor del ‘statu quo’, es decir, de lo ya existente en detrimento de lo que está por venir. O, dicho de otra forma, de la moral tradicional frente a la moral revolucionaria o la ausencia de ella. En base a esto, los aspavientos y el discurso conservador-reaccionario, que difiere notablemente del liberal-conservador y del demócrata-cristiano (ambas ideologías con credenciales democráticas plenamente acreditables), no proviene de unos hipotéticos antecedentes franquistas, otro lugar común. Sino de la concepción del nacionalismo español unitarista y colectivista que, desde la concepción del Estado durante el siglo XIX (y especialmente desde el fracaso de los partidos dinásticos durante la Restauración Borbónica en resolver los problemas sociales) se ha ido abriendo paso entre determinados sectores de la sociedad, especialmente rurales. Paradójicamente, recogiendo el ideario conservador-católico del cual surgió el Carlismo, y que consideró, merced de la Revolución Francesa y de la Invasión Napoleónica, al Liberalismo como una ideología extranjera, impuesta y ajena a la tradición del país.

El Franquismo y parte de la amplia gama de grupos reaccionarios en los que se apoyó también bebió de estas fuentes, de ahí los elementos compartidos que -ojo- no deben llevar al observador inteligente a considerar a VOX como un partido ‘franquista’. Su cosmovisión es mucho más compleja y va más allá. Aunque la dictadura no tuvo más remedio que claudicar ante los tecnócratas y liberalizar la economía para no caer en bancarrota, dicho equilibrio siempre fue suspicaz y exclusivamente utilitarista. Se aceptó la libertad de mercado porque no quedó más remedio. Franco necesitó más de veinte años para que le convencieran. El Franquismo no se concibió como ni fue nunca liberal. VOX, por el contrario, ha nacido de una amalgama de sensibilidades: desde algunos liberales pretendidamente genuinos desengañados con la aparente ‘socialdemocratización’ del PP, hasta duros reaccionarios extremistas opuestos a cualquier avance social, pasando por sectores próximos al clericalismo militante que contemplan la liberalización social, cultura y sexual como una suerte de degeneración.

Sin embargo, los términos deben quedar claros desde el principio. Ser liberal implica serlo en todo: en lo económico, en lo social, en lo moral, en lo sexual, en lo intelectual y en lo cultural. Ser liberal ‘por parcelas’ constituye un enorme ejercicio de hipocresía política, además de personal. Como lo es igualmente defender los derechos sociales a la par que se apoyan sistemas en los que no puede existir un sindicalismo libre. Teniendo esto en cuenta, VOX no puede ser considerado jamás como un partido liberal, por mucho que su aparato de propaganda así pretenda venderse. Su defensa a ultranza de un comunitarismo homogeneizante, que contempla al individuo tan sólo en la medida en que casa con la idea mística que se tiene de la comunidad en cuestión, no les hace muy diferentes de los socialistas y de los comunistas. Lo que, sin duda, nunca aceptarán.

La visión del mundo de VOX está en las antípodas del pluralismo ideológico indispensable para la supervivencia del Estado de Derecho. Se encamina hacia la recuperación de los trasnochados mimbres imperiales que perviven en los libros de Historia. Reliquia sazonada por un confesionalismo estatal indisimulado de la mano de una disciplina moral puritana, conservadora, estéril y criminalizadora de los valores de la libertad sexual y del disfrute de los placeres del cuerpo. Quienes en frente se sitúan asumen esta misma moral castrada, aunque en su versión secularizada y apoyada en determinados colectivos guiados por una insaciable sed de venganza contra una tiranía que ya no existe. Ningún punto de encuentro, pues, con quienes defienden políticas públicas tendentes a la eliminación de la ideología y de los dogmas -sean del carácter que sean- en las instituciones y al libre desenvolvimiento del sujeto individual dentro de su comunidad, sin descuidar por ello sus obligaciones para con la sociedad.

VOX no puede ser ni va a ser la oposición al Gobierno actual. Y no lo será por su anti-europeísmo contumaz y su fobia hacia todo lo extranjerizante. No lo será por su negación de la libertad sexual básica, que considera la homosexualidad una enfermedad que debe ser tratada médicamente. No lo será por su nacionalismo exacerbado, incapaz de diferenciar el patriotismo sanamente entendido de la criminalización intransigente de la crítica a la simbología nacional y a la idea que se tenga del país, una libertad absolutamente necesaria para que España siga siendo España. No lo será por su falta de política social y de alternativas para las capas sociales más vulnerables y marginadas de la sociedad, para las cuales la libertad económica es irrelevante si no pueden aspirar a vivir con un mínimo de dignidad.

Quienes apoyan a esta formación de manera coyuntural lo hacen -algunos- guiados por la oposición a la dictadura cultural que desde el otro extremo se ha tratado imponer. Esto es, se trata de una ´militancia negativa’ o ‘voto negativo’, motivado más por hacerle daño al contrario que por la creencia en los beneficios del proyecto político que se apoya. Debieran recodar quienes así obran cuáles son las consecuencias del nacionalismo exacerbado y de la reacción irracional. Exactamente las mismas que las que aparejan el socialismo y el comunismo al que reivindican oponerse. No hay que olvidar una verdad de verdades: no tiene sentido combatir la tiranía revolucionaria para caer en la dictadura reaccionaria. Las cadenas son iguales, las imponga quien las imponga.

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