En un panorama televisivo cada vez más saturado de ruido, repetitivas tertulias y formatos excesivamente calculados, el éxito de Shuka supone una pequeña pero significativa victoria para otra manera de hacer televisión.
El programa de La 2 que copresentan Pablo G. Bastista y Susana Castañón ha demostrado que todavía existe espacio para propuestas frescas, culturales y divertidas, capaces de conectar con el público sin necesidad de convertir cada emisión en un espectáculo de polémica y confrontación.
Su propuesta apuesta por la curiosidad, el entretenimiento inteligente y una cercanía poco habitual en la televisión actual. El programa transmite la sensación de disfrutar de lo que hace, y eso el espectador lo percibe rápidamente.
El contraste con El Juicio de José Luis Sastre resulta inevitable. El espacio que conduce el periodista de la Ser ha nacido flojo en audiencias y, lo que es peor, sin muchas posibilidades de remontar en próximas entregas. Por ello, no es descartable que finalmente el ente público decida darle vacaciones permanentes, como ya de hecho hizo con otro de sus experimentos más escandalosos: La Fábrica de la Tele.
Sastre tiene prestigio periodístico y una imagen muy sólida en radio pero trasladar ese perfil a televisión de entretenimiento o debate no siempre funciona automáticamente. La televisión necesita ritmo, dinamismo visual y cierta capacidad de generar conexión emocional inmediata. A veces, formatos muy ligados al análisis o a la conversación política terminan percibiéndose como “más de lo mismo” en una parrilla ya saturada de debate y actualidad. Y es que, es obvio que existe un problema de agotamiento del modelo de infoshow.
Sin embargo, Shuka ha crecido desde un lugar mucho más natural. Sin exceso de solemnidad ni necesidad de convertirse en “el tema del día”, el espacio ha encontrado una identidad propia que encaja perfectamente con el espíritu histórico de La 2: cultura accesible, entretenimiento con personalidad y televisión hecha con cierta libertad creativa.
Además, el éxito del programa rompe con una idea muy instalada en la industria: que lo cultural tiene que ser necesariamente serio, lento o minoritario. Shuka demuestra justo lo contrario. Se puede divulgar, entretener y hacer televisión con contenido sin caer en el tono académico ni en la rigidez o casi aburrimiento de algunos formatos tradicionales. Esa mezcla de humor, ritmo y sensibilidad cultural es probablemente lo que ha permitido que muchos espectadores lo sientan como una propuesta distinta dentro de la oferta actual.
También hay algo simbólico en que este triunfo llegue precisamente desde La 2. Durante años, la cadena ha sido vista como un espacio secundario dentro de RTVE, pero programas como Shuka recuerdan que su valor sigue siendo enorme cuando se apuesta por formatos con identidad y cercanía. Y además se hace un autenticidad.