Por Pablo Sycet
Doy por hecho que todos hemos quedado saturados por igual con la avalancha de informaciones puntuales y programas enteros dedicados a recordar los atentados del 11S y sus amargas consecuencias, que aún se siguen dejando notar en todos los rincones de este perro mundo dos décadas después, y somos muchos los que pensamos que tras la retirada de Afganistán por la puerta de atrás puede que lo peor aún esté por llegar, porque el eco de las bombas a lo largo de veinte largos años sigue aún flotando en el aire…
Pero, aunque tan solo fuera por marcar una pequeña nota de diferencia, me temo que ninguno de esos reportajes que tan colmado la parrilla de todas las cadenas durante estos días ha puesto el foco sobre cómo afectaron los atentados de las Torres Gemelas al trabajo de los artistas españoles en NYC, porque no debería caer en el olvido que en el vestíbulo de acceso a la Torre Sur estaba colgado, y terminó convertido en cenizas, el tapiz de Joan Miró más impresionante -tanto por su belleza como por su tamaño de 6 x 11 metros- que yo haya visto nunca jamás…
Pero el mismo polvo que lo inundó todo en muchos kilómetros a la redonda, que quedó suspendido en el aire durante días, y que poco a poco se fue aposentando sobre todas las cosas, también inundó el espacio de la artista Elena del Rivero, que vivía muy cerca de las torres asesinadas y que, haciendo de la necesidad virtud, tomó la decisión de convertir en arte aquel polvo, y dos décadas después lo presenta en el Museo Es Baluard, ya convenientemente sacralizado y puesto en el mercado como 'El archivo del polvo'.
Y entre medias de uno y de otro ejemplo, entre esa nube de ceniza que ahora nos invita a imaginar que una parte del polvo en que se convirtió la lana quemada de aquel tapiz de Miró tal vez pudo terminar en uno de los recipientes que Elena presenta ahora como parte de una historia ya asumida, que es la suya pero que también es la de todos, y que convierte en materia del olvido el esfuerzo de los otros artistas -pienso en el malogrado César Nicolau- que llegaron a Manhattan en los años 80 para hacer historia, al igual que otros tantos a los que ninguna historia ya recuerda.